Pfff!
-Hola, ¿cómo está?
- Bien ¿y usted?
-Bien, extrañándolo. Que pasa, ¿no le gustan más mis mates?
-No es eso, no. Es que he estado entretenido con otras cosas.
-A claro. Entonces, ¿no me va a charlar nunca más? ¿Cómo viene la mano?
Levanto la vista de mi cuaderno. Todavía tengo el gusto, malsano para estos tiempos, de escribir a mano algunas cosas. Miro a Fulgencio que esta paradito de costado. Me mira de reojo, como si no se atreviera a enfrentarme.
-No se chiflado ¿quiere? ¿Cómo voy a dejar de charlarle? A ver, páseme un mate amargo por favor- y lo miro a los ojos mientras le estiro la mano.
Mi enano matero se cree que no capture el silbido de su suspiro de alivio. Una nueva, encima me tocó un enano reprochón.
-No me diga que me anduvo extrañando…
-No, no es eso. Bueno, un poco sí, me había acostumbrado a que nos viéramos más seguido. Y ahora que se me hace el trabajador… bueno, me tiene un poco abandonado.
-Vamos Fulgencio, no me reproche por eso- le doy la última chupada al mate- no hay nada más feo que un reproche.-
-Se equivoca.
-No sería la primera vez.
-Un reproche es un piropo que no se merece.
-No mereceré el piropo pero, como decía Groucho, he tenido neumonía y tampoco me la merecía.- Le paso el mate y lo miro reír. No se si he descrito la risa de Fulgencio. Verán, Fulgencio es de esos enanos que se ríen con todo el cuerpo. Cuando le vienen las carcajadas, se le achinada los ojos y la boca se le hace tan grande que parece que se tragara a la nariz. Se le mueve hasta el último pelito. Y son muchos pelos para mover.
Lo más lindo de su risa es que se va a pagando despacito como si un cigarrillo de vida (¡qué oxímoron!) le colgara de la comisura.
Le agrega yerba a la calabaza y me comenta
-Los reproches son formas enroscadas de decir te quiero o estuve pensando en vos. Es muy de nosotros decir alguna cosa fea, cuando en realidad queremos decir algo lindo.
¿Sabe por qué?
-No, cuente mientras preparo unas tostaditas con miel.
- Justamente, la miel tiene que ver.
La lengua de barro
Se comenta por ahí que Dios, cuando creó al primer hombre, lo dejó que se secara al sol al pie de un sauce. En ese tiempo no existía el problema de seguridad que tenemos ahora, así que Diosito se dio el lujo de irse bastante lejos, a crear otros animales, y dejar al Hombre solo.
Cuando ya estaba bastante seco, el Primero cobró vida. Como estaba de estreno, de aliento y de cuerpo, se puso a examinar la creación divina.
Miro sus piernas y las encontró suaves y cubiertas de pequeños pelitos (el hombre fue creado a semejanza de Dios, ergo Dios es peludo)
Miro sus manos y descubrió lo hábiles que eran. Miro su torso y se hipnotizó con el tum-tum de su corazón.
Todo le pareció de primer nivel, digno de una obra del Altísimo. Contento por la novedad de la vida, el Gran Padre se puso a explorar los alrededores del Sauce.
Llevaba así un buen rato cuando descubrió, en la segunda rama de la derecha, un panal de abejas.
El gruñido de su vientre, le comunicó que nunca había comido. La chispa de sabiduría divina que poseía le susurró que dentro de ese panal estaba el alimento tan deseado. Sin embargo, el conocimiento innato no le indicó nada de la peligrosidad de las abejas, por el sencillo hecho de que venía de Dios. Y el Altísimo no ve las cosas malas.
El Hombre, trepó hasta el panal y sin dudarlo lo abrió y comenzó a beber la miel que brillaba como con vida propia.
El problema fue que aún, como no le había dado el sol, la lengua no se había secado del todo y comenzó a fundirse con la miel que le caía encima. Para colmo de males, las abejas, furiosas, quisieron picar al intruso sin otro resultado más que el de quedar atrapadas también en la lengua de barro del hombre.
Cuando el Creador volvió a ver a su hijo, lo encontró llorando en el suelo. Y aunque trató de quitar la miel y las abejas de su lengua, era muy tarde. Ya se había secado la arcilla.
Es por eso que cada vez que alguien habla puede ser que probemos la dulzura de la miel, pero también puede pasar que alguna abeja, en su afán de escapar, llene de veneno las frases que pronuncia la lengua que la detiene…
-Así que ya sabe.
Otra vez me deja pensativo mi enano. Lo miro cebar mate en silencio, como si fuera un ritual pagano.
Termino de untar una tostada con miel y me la pongo en la boca. Entremezclado con el dulzor me parece sentir un zumbido.
-¡Carajo!- grito y tiro la tostada lejos. Debe haber sido una abeja, luchando por escapar...
viernes, 28 de diciembre de 2007
jueves, 6 de diciembre de 2007
Happy birthday to me.... zoquetes!
La verdad con el tiempo llegué a conocerte pero, extrañamente, no a odiarte. Sabrás sin embargo que desprecio mucho tus flaquezas. Son para mí las peores del mundo. Aparte de ese aire soberbio que tenés, me di cuenta sí, me molesta mucho tu falta de autodominio. Se te nota en la cara cuando algo no te gusta, esto no es bueno.
A pesar de eso, mejor dicho por eso mismo, es que aprendí a perdonarte.
Te conozco, demasiado bien. Se el porqué de tu miedo a festejar tu cumpleaños. Yo también recuerdo cuando te dejaron solo con todo preparado.
Lloré con vos ese día ¿Te acordás?
Has envejecido. Tenés canas. Muchas. Se te desparraman por toda la cabeza.
Estás más chueco.
Por más que lo intentes, no podes ocultar esa panza. Se te cae, se asoma como una corbata por debajo del chaleco. Ya ni siquiera podes decir que es cervecera. Ahí hay de todo menos cerveza. Se te vio últimamente consumiendo güisqui. Una vergüenza.
No quiero ni tocar el tema de tus amores. Cosas sin terminar, cosas que empiezan y se cercenan (vaya a saber uno por qué), romanticismo barato, inseguridad, etc., etc.
Encima te las das de poeta. Te crees que porque tenés este mísero blog y algunos cuentos publicados de favor, sabes escribir.
Pero, como te dije al principio, aprendí a perdonarte. Porque sos humano, igual que yo.
Y aunque me gustaría que fueses mucho mejor, que fuéramos mucho mejores, creo que no nos arrepentimos de nada.
O quizás nos molesta el hecho de no poder cortar con las cosas que nos hacen mal y ser todo eso que podríamos ser ¿no?
En fin, Chicho. Yo Matías te saludo. Me alegro de que sigamos juntos y de que no nos hayamos vuelto ni tan malos ni tan buenos.
Feliz cumple para vos y para mí.
saludetes
A pesar de eso, mejor dicho por eso mismo, es que aprendí a perdonarte.
Te conozco, demasiado bien. Se el porqué de tu miedo a festejar tu cumpleaños. Yo también recuerdo cuando te dejaron solo con todo preparado.
Lloré con vos ese día ¿Te acordás?
Has envejecido. Tenés canas. Muchas. Se te desparraman por toda la cabeza.
Estás más chueco.
Por más que lo intentes, no podes ocultar esa panza. Se te cae, se asoma como una corbata por debajo del chaleco. Ya ni siquiera podes decir que es cervecera. Ahí hay de todo menos cerveza. Se te vio últimamente consumiendo güisqui. Una vergüenza.
No quiero ni tocar el tema de tus amores. Cosas sin terminar, cosas que empiezan y se cercenan (vaya a saber uno por qué), romanticismo barato, inseguridad, etc., etc.
Encima te las das de poeta. Te crees que porque tenés este mísero blog y algunos cuentos publicados de favor, sabes escribir.
Pero, como te dije al principio, aprendí a perdonarte. Porque sos humano, igual que yo.
Y aunque me gustaría que fueses mucho mejor, que fuéramos mucho mejores, creo que no nos arrepentimos de nada.
O quizás nos molesta el hecho de no poder cortar con las cosas que nos hacen mal y ser todo eso que podríamos ser ¿no?
En fin, Chicho. Yo Matías te saludo. Me alegro de que sigamos juntos y de que no nos hayamos vuelto ni tan malos ni tan buenos.
Feliz cumple para vos y para mí.
saludetes
miércoles, 14 de noviembre de 2007
El siamés
Nacieron así, unidos por algo más que el vínculo de sangre. Era un vínculo de carne.
Nacieron y crecieron de esa manera. Mirándose uno al otro, brotando uno del otro como una rosa malsana.
Su primera acción en este mundo fue la de matar a su madre. De su padre poco supieron (o poco les quisieron contar).
Crecieron. De la misma manera en que la maldad crece en el mundo: a la vista de todos pero prácticamente invisibles.
Cuando la ciencia alcanzó el nivel necesario como para intentar una separación, ya eran muy viejos y estaban muy acostumbrados el uno al otro como para dejarse. Se habían endurecido con las miradas ajenas. Es difícil, cuando la gente cree que sos un monstruo, no convencerte de que realmente lo sos. Habían aprendido a vislumbrar la humanidad en los ojos del otro y a reflejar la monstruosidad en los propios.
Nunca conocieron más amor que el de una moneda mendigada o el de un pedazo de pan robado. Compartían con los perrosplacer de la calle.
Dormían en el callejón, a la sombra de la gente y del sol. La ropa harapienta no era problema para ellos. La gente, que quedaba impresionada con su deformidad, ni siquiera sentía el hedor de sus harapos.
Habían construido con algunos cartones una especie de casilla, la que abandonaban sólo para mendigar o vagabundear.
Esa mañana, el morocho despertó para descubrir que su hermano había muerto en la noche. Lo sintió frío en su abrazo. Le pareció muy raro no sentir el tic tac del corazón de su hermano, el leiv motif de su sonata compartida.
Sobre el olor de la ropa sucia, presintió el olor de los excrementos y el orín que su hermano había dejado como un saludo al mundo.
Polvo al polvo y mierda para la mierda.
Se descubrió hablándole a su hermano, tratando de hacerlo reaccionar. El hecho de estar solo en la casilla, que repentinamente se había agrandado, lo había asustado. No podía tolerar esa soledad. Enfrentar la mañana, la conciencia de su miseria, su monstruosidad, sin su hermano era demasiado desamparante, demasiado doloroso.
Comenzó a golpearlo, primero creyendo que trataba de despertarlo, luego castigándolo por haber hecho la única cosa que podía hacer individualmente. "Traidor" le espetó. "Traidor, miserable hijo de puta." Le escupió la cara, pero era como escupirse a sí mismo.
Los rayos del sol que subían, lo iban desesperando. No podía enfrentar el día, no podía enfrentar su vida solo.
En la penuria del amanecer supo que tampoco tenía el valor para quitarse la vida.
"No te voy a dejar hijo de puta. No voy a dejar que te escapes tan fácil" le dijo a su occiso personal. "Dónde yo vaya, siempre vas a venir conmigo ¡Te voy a cagar hijo de puta por hacerme esto! ¡ Te voy a cagar!"
La furia le dio la solución en un segundo. Ya sabía como hacer para no separarse de su hermano sin morir. Tomó el cuchillito que guardaba junto a la ollita y, maldiciendo el rigor mortis, comenzó a cortar.
"Te voy a cagar hijo de puta...... después de que te digiera" le gritó mientras masticaba.
El sol estaba alto, pero el siamés estaba muy ocupado como para sentirse solo.
COMENTEN O LA MADICIÓN DE CHEWBACCA LES CAERÁ ENCIMA
Sigue el mes del terror durante todo noviembre (bueno, en realidad hasta que me de el cuero)
Nacieron y crecieron de esa manera. Mirándose uno al otro, brotando uno del otro como una rosa malsana.
Su primera acción en este mundo fue la de matar a su madre. De su padre poco supieron (o poco les quisieron contar).
Crecieron. De la misma manera en que la maldad crece en el mundo: a la vista de todos pero prácticamente invisibles.
Cuando la ciencia alcanzó el nivel necesario como para intentar una separación, ya eran muy viejos y estaban muy acostumbrados el uno al otro como para dejarse. Se habían endurecido con las miradas ajenas. Es difícil, cuando la gente cree que sos un monstruo, no convencerte de que realmente lo sos. Habían aprendido a vislumbrar la humanidad en los ojos del otro y a reflejar la monstruosidad en los propios.
Nunca conocieron más amor que el de una moneda mendigada o el de un pedazo de pan robado. Compartían con los perrosplacer de la calle.
Dormían en el callejón, a la sombra de la gente y del sol. La ropa harapienta no era problema para ellos. La gente, que quedaba impresionada con su deformidad, ni siquiera sentía el hedor de sus harapos.
Habían construido con algunos cartones una especie de casilla, la que abandonaban sólo para mendigar o vagabundear.
Esa mañana, el morocho despertó para descubrir que su hermano había muerto en la noche. Lo sintió frío en su abrazo. Le pareció muy raro no sentir el tic tac del corazón de su hermano, el leiv motif de su sonata compartida.
Sobre el olor de la ropa sucia, presintió el olor de los excrementos y el orín que su hermano había dejado como un saludo al mundo.
Polvo al polvo y mierda para la mierda.
Se descubrió hablándole a su hermano, tratando de hacerlo reaccionar. El hecho de estar solo en la casilla, que repentinamente se había agrandado, lo había asustado. No podía tolerar esa soledad. Enfrentar la mañana, la conciencia de su miseria, su monstruosidad, sin su hermano era demasiado desamparante, demasiado doloroso.
Comenzó a golpearlo, primero creyendo que trataba de despertarlo, luego castigándolo por haber hecho la única cosa que podía hacer individualmente. "Traidor" le espetó. "Traidor, miserable hijo de puta." Le escupió la cara, pero era como escupirse a sí mismo.
Los rayos del sol que subían, lo iban desesperando. No podía enfrentar el día, no podía enfrentar su vida solo.
En la penuria del amanecer supo que tampoco tenía el valor para quitarse la vida.
"No te voy a dejar hijo de puta. No voy a dejar que te escapes tan fácil" le dijo a su occiso personal. "Dónde yo vaya, siempre vas a venir conmigo ¡Te voy a cagar hijo de puta por hacerme esto! ¡ Te voy a cagar!"
La furia le dio la solución en un segundo. Ya sabía como hacer para no separarse de su hermano sin morir. Tomó el cuchillito que guardaba junto a la ollita y, maldiciendo el rigor mortis, comenzó a cortar.
"Te voy a cagar hijo de puta...... después de que te digiera" le gritó mientras masticaba.
El sol estaba alto, pero el siamés estaba muy ocupado como para sentirse solo.
COMENTEN O LA MADICIÓN DE CHEWBACCA LES CAERÁ ENCIMA
Sigue el mes del terror durante todo noviembre (bueno, en realidad hasta que me de el cuero)
domingo, 11 de noviembre de 2007
Empieza noviembre el mes del terror (a los pañales baratos!)
La muerte es parte de la vida. Solamente que la mayoría prefiere imaginarse que la muerte se suspende por mal tiempo.
Quedamos mal de la última historia y como el amigo Chtulu verifica (y auspicia el mes del terror en el Emporio) se vienen los mates con sudor frío.
Serán si dudas mates amargos, de dudosa calidad ¿Cómo es la muerte en su país Fulgencio?
-Verá, la muerte en mi pequeño rincón, suele ser tomada desde un punto de vista nada convencional, por decirlo de alguna manera. Nosotros, los enanos materos, creemos en el amor como orden universal del mundo. Hasta el pecado puede explicado desde este punto de vista-.
-No me diga que también se torturan con el concepto del "pecado" -.
-Sí, en eso nos parecemos bastante. Pero como le decía, hasta el pecado puede ser visto desde el punto de vista del amor. Imagínese que la codicia, nos es otra cosa que el amor excesivo a los bienes materiales. Y que la envidia es más o menos lo mismo, pero con los bienes de los demás. En el fondo de los pecados existe siempre un profundo y exacerbado amor por uno mismo-.
Fulgencio ceba y un mate y me convida un pedazo de torta con chicharrón (la ambrosia cuyana).
-Amamos la vida, pero creemos que la muerte es parte de ella. Entonces la amamos también. No es raro encontrar entre nuestros cuenteros o cantadores, poemas y cuentos de amor a la muerte. Déjeme que le cuente o cante algunos.
A mis gusanos.
Ustedes, hijos míos que nunca parí.
Ustedes, carne de mi carne en el sentido total.
Ustedes, que saben realmente cómo soy.
Ustedes que son los que juzgan el sabor de mi Fe.
¿Qué amor tan inefable, qué gigantesca razón de ser,
qué oda del destino final, decidió negarme los hijos, pero regalarme gusanos?
Porque, cuando hayan terminado de taladrar mi carne,
y mi osamenta sea un reflejo opalescente, asomando entre la tierra,
y las lenguas hayan olvidado como se modula mi nombre,
ustedes, mis amados, pulularán por el valle,
y llevarán el recuerdo de mi carne,
en su retorcida personalidad.
¡Oh gusanos míos, hacedores de mi inmortalidad!
El verdugo
Cuentan que en el Valle, existió en un tiempo un verdugo manco. Nunca nadie supo como había perdido el brazo (no es aconsejable hablar con los verdugos). Sin embargo, a pesar de su impedimento, se complacía en realizar su tarea con envidiable eficiencia. Y decimos "se complacía" porque nunca existió otro verdugo más orgulloso de su trabajo.
Sucedió sin embargo un día, que se vio afectado por una extraña enfermedad que lo dejó postrado y debilitado en muy poco tiempo. La fuerza de su poderoso brazo, otrora amenazante y vigoroso, había desaparecido, dejándolo apenas capaz de sostener su hacha.
Durante los días que duró su enfermedad, el Verdugo supuso que la energía volvería a él una vez repuesto. Sin embargo descubrió al curarse que seguía careciendo de la fuerza necesaria para poder realizar su trabajo.
A pesar de este terrible conocimiento, no se negó a volver a trabajar y se lo vio llevando su hacha a la rastra, el día señalado.
Al subir al patíbulo, perfectamente ataviado con la negrura de su profesión, se dirigió a la víctima que lo esperaba como una ofrenda sobre un tronco. El blanco cuello y la delicadeza de la piel le demostraron que se trataba de una mujer de la alta sociedad, sin duda encontrada adúltera y enjuiciada. El cabello muy rojo, se derramaba sobre el tronco, de manera tal que no se podía observar el rostro de la mujer.
El viento mecía las puntas de ese cabello escarlata y lo enredaba como previendo que pronto estaría cubierto de la sangre, igualmente escarlata.
Le llamó la atención no sentir ningún sollozo proveniente de la mujer. Creyó oír una especie de rezo, muy monótono en su ritmo como de tambor.
La lectura de la sentencia lo sacó de este ritmo hipnótico. Lo sorprendió saber que se trataba de una bruja, no de una adúltera como creía. Debido a su alta alcurnia se la había condenado a morir decapitada y no en la hoguera. Esto le hubiera resultado mucho más confortable al verdugo, pero aún así no se inmutó y emprendió la tarea.
Tomó su hacha y golpeó el cuello con la mayor fuerza de la que fue capaz. Aunque fue un buen golpe sin duda, no alcanzó a cercenar la cabeza que empezó a sacudirse, entre los borbotones de sangre que iban brotando de las seccionadas venas.
Indignado, el verdugo descargo cuatro hachazos más. Rápidos, coléricos, pero infructuosos.
La cabeza todavía estaba unida al tronco por varios hilos de carne y algunos tendones; y a juzgar por la forma en que movían las piernas de la desafortunada mujer, aún no había logrado acabar con la vida de la condenada.
Cansado, lanzó su hacha al suelo y ante la mirada atónita del pueblo presente, tomó con su mano la cabeza y le dio un fuerte tirón, que terminó de desprenderla. Consumó así, la labor que se le había encomendado. Los mechones escarlatas se le escurrían entre los dedos y parecían ser la fuente de la sangre que lo empapaba.
Se retiró satisfecho del patíbulo sabiendo que su reputación como verdugo estaba a salvo.
Los sepultureros se encargaron del cuerpo y la cabeza, que fueron arrojados a la hoguera. Ninguna bruja puede descansar en terreno sagrado. Sin duda sus cenizas serían esparcidas en la tierra o, mejor aún, arrojadas al río. Como si de esta manera se pudiera borrar por completo el recuerdo de la bruja.
Los ciudadanos estaban horrorizados con la brutalidad del Verdugo. Se lo demostraba el silencio con el que lo miraban. Sabía en su fuero que el desprecio y el miedo que le tenían habían aumentado, pero poco le importó. El ser un Verdugo no era una labor como para hacer amigos.
No se quedó a ver como se dispersaban las cenizas, sino que se dirigió hacia su casa, alejada del pueblo.
Al cruzar la cerca que delimitaba su terreno, el verdugo decidió ir a lavarse al río que pasaba, perezoso, frente a su patio. Siempre acostumbraba limpiarse en el cauce después de una ejecución. Le gustaba ver como la sangre se le iba diluyendo de su brazo y se mezclaba con el agua. Le hacía pensar que el agua lavaba también la atrocidad de lo que hacía, que lo purgaba de culpas. Después de todo, Dios no podía culparlo por realizar su trabajo.
Llego hasta el río y se subió a una improvisada represa que se alzaba en el medio del cauce. Le había llevado tiempo construirla, durante los meses de verano y la había armado colocando piedra sobre piedra, con infinita paciencia. Llevaba en su brazo el hacha justiciera que también debería ser lavada. Desde lo alto de la represa que se elevaba unos 50 cm. sobre el nivel del río, el agua se veía oscura debido sin duda a los 2 metros de profundidad que tenía en esa parte.
El verdugo se acercó al agua teniendo cuidado en no dejar caer el hacha hacia el fondo. No deseaba tener que sumergirse en el agua helada.
Se dejó hipnotizar de nuevo por los hilillos de sangre que se formaban y diluían en el seno del río.
Sonrió placenteramente cuando notó que su gran mano estaba ya limpia de la sangre de la mujer.
Notó algo raro. Si bien notaba sus dedos limpios, aún se veía el hilillo de sangre brotar de su mano, como si siguiera sucia. Sorprendido, trató de levantar su única mano para observarla más de cerca, convencido de que se había lastimado al realizar su trabajo. Concordaba con su sospecha el dolor tenue que empezó a quemarle los dedos.
Se llevó los dedos cerca de la cara para examinarse con detenimiento y confundido, casi aterrado, notó que le faltaban 2 falanges del dedo del medio y la mitad de las falanges del dedo corazón y anular. No parecían cortadas, como hubiera sido si hubiera tenido un accidente con el hacha, sin que más bien parecían disueltas. Como si la hubiera metido en un corrosivo ácido, la mano le quemaba y la herida tenía los bordes difusos. El dolor empezaba a extenderse por su mano y la sangre, su sangre, goteaba y se divertía haciendo cabriolas en el agua del río. Asustado, el Verdugo trató de incorporarse y se apoyó en la roca para ayudarse. Cuando comenzaba a hacer fuerza para levantarse sintió en su muñeca la firme presión de cinco dedos, que le aprisionaban, con una infinita fuerza y lo tiraban hacia abajo. Desesperado trató de luchar con esa mano, blanca, que inexorablemente le iba hundiendo en el río.
El dolor se intensificó cuando volvió a tocar el agua. El verdugo, paralizado por el terror, sintió como se iba disolviendo como si fuera un castillo de arena, arrastrado dentro del cauce por esa mano que reflejaba la luz de un modo macabro. Trató de realizar un último esfuerzo, luchando con sus piernas contra la inefable fuerza de su opresor, pero fue inútil.
Al caer al agua, lo sorprendió encontrarla tibia.
Un gruñido se le escapo al notar que se iba desarmando, diluyendo, disolviendo; mientras era arrastrado hacia la oscuridad del fondo por la brillante mano blanca.
Su rostro pareció sonreír cuando sus labios se desarmaron, dejando ver como las burbujas escapaban de su boca.
En la superficie, entre la espuma, el río se llevaba los hilos de sangre que salían del Verdugo. Vistos desde la orilla, parecían cabellos escarlatas que flotaban y formaban una cabellera, como si alguien hubiera arrojado una cabeza cortada al río.
Noviembre es el mes del terror. Preparensen!!!!
Quedamos mal de la última historia y como el amigo Chtulu verifica (y auspicia el mes del terror en el Emporio) se vienen los mates con sudor frío.
Serán si dudas mates amargos, de dudosa calidad ¿Cómo es la muerte en su país Fulgencio?
-Verá, la muerte en mi pequeño rincón, suele ser tomada desde un punto de vista nada convencional, por decirlo de alguna manera. Nosotros, los enanos materos, creemos en el amor como orden universal del mundo. Hasta el pecado puede explicado desde este punto de vista-.
-No me diga que también se torturan con el concepto del "pecado" -.
-Sí, en eso nos parecemos bastante. Pero como le decía, hasta el pecado puede ser visto desde el punto de vista del amor. Imagínese que la codicia, nos es otra cosa que el amor excesivo a los bienes materiales. Y que la envidia es más o menos lo mismo, pero con los bienes de los demás. En el fondo de los pecados existe siempre un profundo y exacerbado amor por uno mismo-.
Fulgencio ceba y un mate y me convida un pedazo de torta con chicharrón (la ambrosia cuyana).
-Amamos la vida, pero creemos que la muerte es parte de ella. Entonces la amamos también. No es raro encontrar entre nuestros cuenteros o cantadores, poemas y cuentos de amor a la muerte. Déjeme que le cuente o cante algunos.
A mis gusanos.
Ustedes, hijos míos que nunca parí.
Ustedes, carne de mi carne en el sentido total.
Ustedes, que saben realmente cómo soy.
Ustedes que son los que juzgan el sabor de mi Fe.
¿Qué amor tan inefable, qué gigantesca razón de ser,
qué oda del destino final, decidió negarme los hijos, pero regalarme gusanos?
Porque, cuando hayan terminado de taladrar mi carne,
y mi osamenta sea un reflejo opalescente, asomando entre la tierra,
y las lenguas hayan olvidado como se modula mi nombre,
ustedes, mis amados, pulularán por el valle,
y llevarán el recuerdo de mi carne,
en su retorcida personalidad.
¡Oh gusanos míos, hacedores de mi inmortalidad!
El verdugo
Cuentan que en el Valle, existió en un tiempo un verdugo manco. Nunca nadie supo como había perdido el brazo (no es aconsejable hablar con los verdugos). Sin embargo, a pesar de su impedimento, se complacía en realizar su tarea con envidiable eficiencia. Y decimos "se complacía" porque nunca existió otro verdugo más orgulloso de su trabajo.
Sucedió sin embargo un día, que se vio afectado por una extraña enfermedad que lo dejó postrado y debilitado en muy poco tiempo. La fuerza de su poderoso brazo, otrora amenazante y vigoroso, había desaparecido, dejándolo apenas capaz de sostener su hacha.
Durante los días que duró su enfermedad, el Verdugo supuso que la energía volvería a él una vez repuesto. Sin embargo descubrió al curarse que seguía careciendo de la fuerza necesaria para poder realizar su trabajo.
A pesar de este terrible conocimiento, no se negó a volver a trabajar y se lo vio llevando su hacha a la rastra, el día señalado.
Al subir al patíbulo, perfectamente ataviado con la negrura de su profesión, se dirigió a la víctima que lo esperaba como una ofrenda sobre un tronco. El blanco cuello y la delicadeza de la piel le demostraron que se trataba de una mujer de la alta sociedad, sin duda encontrada adúltera y enjuiciada. El cabello muy rojo, se derramaba sobre el tronco, de manera tal que no se podía observar el rostro de la mujer.
El viento mecía las puntas de ese cabello escarlata y lo enredaba como previendo que pronto estaría cubierto de la sangre, igualmente escarlata.
Le llamó la atención no sentir ningún sollozo proveniente de la mujer. Creyó oír una especie de rezo, muy monótono en su ritmo como de tambor.
La lectura de la sentencia lo sacó de este ritmo hipnótico. Lo sorprendió saber que se trataba de una bruja, no de una adúltera como creía. Debido a su alta alcurnia se la había condenado a morir decapitada y no en la hoguera. Esto le hubiera resultado mucho más confortable al verdugo, pero aún así no se inmutó y emprendió la tarea.
Tomó su hacha y golpeó el cuello con la mayor fuerza de la que fue capaz. Aunque fue un buen golpe sin duda, no alcanzó a cercenar la cabeza que empezó a sacudirse, entre los borbotones de sangre que iban brotando de las seccionadas venas.
Indignado, el verdugo descargo cuatro hachazos más. Rápidos, coléricos, pero infructuosos.
La cabeza todavía estaba unida al tronco por varios hilos de carne y algunos tendones; y a juzgar por la forma en que movían las piernas de la desafortunada mujer, aún no había logrado acabar con la vida de la condenada.
Cansado, lanzó su hacha al suelo y ante la mirada atónita del pueblo presente, tomó con su mano la cabeza y le dio un fuerte tirón, que terminó de desprenderla. Consumó así, la labor que se le había encomendado. Los mechones escarlatas se le escurrían entre los dedos y parecían ser la fuente de la sangre que lo empapaba.
Se retiró satisfecho del patíbulo sabiendo que su reputación como verdugo estaba a salvo.
Los sepultureros se encargaron del cuerpo y la cabeza, que fueron arrojados a la hoguera. Ninguna bruja puede descansar en terreno sagrado. Sin duda sus cenizas serían esparcidas en la tierra o, mejor aún, arrojadas al río. Como si de esta manera se pudiera borrar por completo el recuerdo de la bruja.
Los ciudadanos estaban horrorizados con la brutalidad del Verdugo. Se lo demostraba el silencio con el que lo miraban. Sabía en su fuero que el desprecio y el miedo que le tenían habían aumentado, pero poco le importó. El ser un Verdugo no era una labor como para hacer amigos.
No se quedó a ver como se dispersaban las cenizas, sino que se dirigió hacia su casa, alejada del pueblo.
Al cruzar la cerca que delimitaba su terreno, el verdugo decidió ir a lavarse al río que pasaba, perezoso, frente a su patio. Siempre acostumbraba limpiarse en el cauce después de una ejecución. Le gustaba ver como la sangre se le iba diluyendo de su brazo y se mezclaba con el agua. Le hacía pensar que el agua lavaba también la atrocidad de lo que hacía, que lo purgaba de culpas. Después de todo, Dios no podía culparlo por realizar su trabajo.
Llego hasta el río y se subió a una improvisada represa que se alzaba en el medio del cauce. Le había llevado tiempo construirla, durante los meses de verano y la había armado colocando piedra sobre piedra, con infinita paciencia. Llevaba en su brazo el hacha justiciera que también debería ser lavada. Desde lo alto de la represa que se elevaba unos 50 cm. sobre el nivel del río, el agua se veía oscura debido sin duda a los 2 metros de profundidad que tenía en esa parte.
El verdugo se acercó al agua teniendo cuidado en no dejar caer el hacha hacia el fondo. No deseaba tener que sumergirse en el agua helada.
Se dejó hipnotizar de nuevo por los hilillos de sangre que se formaban y diluían en el seno del río.
Sonrió placenteramente cuando notó que su gran mano estaba ya limpia de la sangre de la mujer.
Notó algo raro. Si bien notaba sus dedos limpios, aún se veía el hilillo de sangre brotar de su mano, como si siguiera sucia. Sorprendido, trató de levantar su única mano para observarla más de cerca, convencido de que se había lastimado al realizar su trabajo. Concordaba con su sospecha el dolor tenue que empezó a quemarle los dedos.
Se llevó los dedos cerca de la cara para examinarse con detenimiento y confundido, casi aterrado, notó que le faltaban 2 falanges del dedo del medio y la mitad de las falanges del dedo corazón y anular. No parecían cortadas, como hubiera sido si hubiera tenido un accidente con el hacha, sin que más bien parecían disueltas. Como si la hubiera metido en un corrosivo ácido, la mano le quemaba y la herida tenía los bordes difusos. El dolor empezaba a extenderse por su mano y la sangre, su sangre, goteaba y se divertía haciendo cabriolas en el agua del río. Asustado, el Verdugo trató de incorporarse y se apoyó en la roca para ayudarse. Cuando comenzaba a hacer fuerza para levantarse sintió en su muñeca la firme presión de cinco dedos, que le aprisionaban, con una infinita fuerza y lo tiraban hacia abajo. Desesperado trató de luchar con esa mano, blanca, que inexorablemente le iba hundiendo en el río.
El dolor se intensificó cuando volvió a tocar el agua. El verdugo, paralizado por el terror, sintió como se iba disolviendo como si fuera un castillo de arena, arrastrado dentro del cauce por esa mano que reflejaba la luz de un modo macabro. Trató de realizar un último esfuerzo, luchando con sus piernas contra la inefable fuerza de su opresor, pero fue inútil.
Al caer al agua, lo sorprendió encontrarla tibia.
Un gruñido se le escapo al notar que se iba desarmando, diluyendo, disolviendo; mientras era arrastrado hacia la oscuridad del fondo por la brillante mano blanca.
Su rostro pareció sonreír cuando sus labios se desarmaron, dejando ver como las burbujas escapaban de su boca.
En la superficie, entre la espuma, el río se llevaba los hilos de sangre que salían del Verdugo. Vistos desde la orilla, parecían cabellos escarlatas que flotaban y formaban una cabellera, como si alguien hubiera arrojado una cabeza cortada al río.
Noviembre es el mes del terror. Preparensen!!!!
jueves, 8 de noviembre de 2007
De la crueldad con uno mismo...
Volví y no vengo de buena onda.
Hace poco mi hermano me comento algo que quería charlar con Fulgencio.
Dentro del trabajo que posee mi hermano, existe sin duda una arista desagradable en extremo. Verán, él trabaja en la policía científica (policía científica es sin duda un oxímoron) y parte de su trabajo consiste ir a constatar las muertes que se produzcan ya sea por accidentes de tránsito, por suicidios o por homicidios.
Ayer me comentó algo que me puso los pelos de punta Fulgencio.
-A ver ¿Qué puede haber sido tan terrible que me lo ha dejado trastornado? Fíjese que me esta volcando el mate.-
-Resulta que hace 2 días le tocó ir a verificar un suicidio. Llegaron a las casa del difunto y lo encontraron colgado del techo. El nudo lo había hecho con un cable, de ese tipo coaxial -.
Fulgencio me mira. Tiene el frasco con yerba en la mano, esta absorbido por mi historia ¿Es morbo lo que brilla en el fondo de su ojo? Me comenta en un segundo:
-Hasta ahora no encuentro nada de extraño. Hay gente que no puede tolerar la vida y decide quitarse lo que le regalaron.-
-Es que no me deja terminar Fulgencio- continúo – lo macabro es cómo encontraron el cadáver. Verá, se trataba de una persona joven de unos 24 años, había armado un muy buen nudo con el cable, pero se ve que, una vez decidido a quietarse la vida, se arrepintió. Lo encontraron con la punta de sus dedos entre su cuello y el cable que lo rodeaba, como si estuviera tratando de luchar por liberarse de la muerte. De hecho la silla en la cual se había subido para saltar, estaba enganchada en la punta de sus pies. Sospechan que, arrepentido, habría tratado de volver a hacer pie en la silla y no lo consiguió-.
Fulgencio esta un poco pálido. Me parece que se atragantó con saliva. No puedo evitar continuar.
-Aparte del evidente problema de que cuando uno elige acabar con su vida, debería tratar de no ser cruel con uno mismo (un tiro en la boca y listo) existe además otro tema que es en realidad lo que me pone los pelos de punta.
Este chico se arrepintió, quizás sólo quería llamar la atención. Intentó liberarse del suplicio que se había inflingido. Esa desesperación es la que no puedo tolerar ¿Cómo es posible que no haya podido liberarse? ¿Qué pequeños o grandes hechos lo llevaron a tomar la terrible decisión? ¿Qué pecados, grandes o pequeños; había cometido para merecer una muerte tan horrorosa? ¿Cuáles fueron sus pensamientos cuando luchaba por sobrevivir?
¿Qué extrema crueldad fue responsable de este hecho? ¿En el camino del destino, tuyo mío, cuáles son esos pecados, esos actos, esos desprecios que nos van a llevar a nuestro destino?
No sé Fulgencio, la realidad me parece cruel, pero espero que contándolo, al menos sirva para evitar que algún desubicado elija terminar con sus días de una manera tan cruel para consigo mismo.
Volveremos otra vez en esta semana, lo prometo. Saludos.
Hace poco mi hermano me comento algo que quería charlar con Fulgencio.
Dentro del trabajo que posee mi hermano, existe sin duda una arista desagradable en extremo. Verán, él trabaja en la policía científica (policía científica es sin duda un oxímoron) y parte de su trabajo consiste ir a constatar las muertes que se produzcan ya sea por accidentes de tránsito, por suicidios o por homicidios.
Ayer me comentó algo que me puso los pelos de punta Fulgencio.
-A ver ¿Qué puede haber sido tan terrible que me lo ha dejado trastornado? Fíjese que me esta volcando el mate.-
-Resulta que hace 2 días le tocó ir a verificar un suicidio. Llegaron a las casa del difunto y lo encontraron colgado del techo. El nudo lo había hecho con un cable, de ese tipo coaxial -.
Fulgencio me mira. Tiene el frasco con yerba en la mano, esta absorbido por mi historia ¿Es morbo lo que brilla en el fondo de su ojo? Me comenta en un segundo:
-Hasta ahora no encuentro nada de extraño. Hay gente que no puede tolerar la vida y decide quitarse lo que le regalaron.-
-Es que no me deja terminar Fulgencio- continúo – lo macabro es cómo encontraron el cadáver. Verá, se trataba de una persona joven de unos 24 años, había armado un muy buen nudo con el cable, pero se ve que, una vez decidido a quietarse la vida, se arrepintió. Lo encontraron con la punta de sus dedos entre su cuello y el cable que lo rodeaba, como si estuviera tratando de luchar por liberarse de la muerte. De hecho la silla en la cual se había subido para saltar, estaba enganchada en la punta de sus pies. Sospechan que, arrepentido, habría tratado de volver a hacer pie en la silla y no lo consiguió-.
Fulgencio esta un poco pálido. Me parece que se atragantó con saliva. No puedo evitar continuar.
-Aparte del evidente problema de que cuando uno elige acabar con su vida, debería tratar de no ser cruel con uno mismo (un tiro en la boca y listo) existe además otro tema que es en realidad lo que me pone los pelos de punta.
Este chico se arrepintió, quizás sólo quería llamar la atención. Intentó liberarse del suplicio que se había inflingido. Esa desesperación es la que no puedo tolerar ¿Cómo es posible que no haya podido liberarse? ¿Qué pequeños o grandes hechos lo llevaron a tomar la terrible decisión? ¿Qué pecados, grandes o pequeños; había cometido para merecer una muerte tan horrorosa? ¿Cuáles fueron sus pensamientos cuando luchaba por sobrevivir?
¿Qué extrema crueldad fue responsable de este hecho? ¿En el camino del destino, tuyo mío, cuáles son esos pecados, esos actos, esos desprecios que nos van a llevar a nuestro destino?
No sé Fulgencio, la realidad me parece cruel, pero espero que contándolo, al menos sirva para evitar que algún desubicado elija terminar con sus días de una manera tan cruel para consigo mismo.
Volveremos otra vez en esta semana, lo prometo. Saludos.
lunes, 22 de octubre de 2007
El príncipe encantado
Historia sencillita mientras Fulgencio y yo nos recuperamos del todo de la neumonía.
Estimadísimos suegros:
Se que se sorprenderán al recibir esta carta. No es para menos. También puedo, además de hablar, escribir. Es necesario que por medio de la presente, les describa y refleje mi situación. Para poder así analizarla y ver que, el pedido que les realicé ayer, la mano de su hija, no es algo descabellado.
Suegro, si me permite llamarlo así, sepa usted que no. Hoy por hoy no poseo medio de vida por el cual mantener a mi amada. Recuerde usted que las necesidades de sapos en el mercado laboral, han disminuido mucho desde la devaluación. Ranas importadas de la China, a las cuales se les paga mucho más barato, nos han quitado el pan. Piense que en cada libro de cuentos todos los sapos tienen nombres como Cheng, Weng, Luang, etc. En mi defensa debo argumentar que, ni bien pueda casarme con su hija, volveré a heredar el castillo de mis antepasados y su fortuna. Sepa usted también que no soy un sapo normal sino que soy un príncipe encantado.
Querida suegra, no se horrorice al verme. Yo sé que las malas lenguas dicen que reparto verrugas y que como insectos, pero no es cierto. Apenas una que otra mosca desde que conocí a su hija No crea que nuestra diferencia de edad va a ser un problema... Si bien hace ya 300 años que estoy hechizado, aún sigo siendo joven. Además estar con su hija me da la energía necesaria para seguir viviendo.
Espero haberles contestado sus preguntas, pero quisiera explicarles algo más. Mi amor por su hija no es algo efímero. Esta basado en hechos de ciencia.
¿Sabían ustedes que ella hace que la mañana se ría?
Pasen un amanecer sin ella y sabrán de los que les hablo.
¿Sabían que su piel esta hecha de caramelos de todos los sabores?
Traten de probar en la zona del cuello, allí están los de menta que tanto degustan suegrita.
¿Sabían que el día no quiere terminar si ella no se va?
Un día puede durar mil años con ella al lado mío.
Por favor no cercenen nuestro amor. Déjenlo florecer como el junco de charco que es. Yo amo a su hija. Ya no puedo vivir sin su verde piel, como el tallo de las rosas, sus ojos saltones, como dos tizones de hoguera, sin su suave croar, como el murmullo de la hierba, el mismo que la engalana, suegrita…
¿Es que acaso no se pueden amar dos sapos hoy en día?
Con afecto, Malvino IV, conde de Nomeolvides
Estimadísimos suegros:
Se que se sorprenderán al recibir esta carta. No es para menos. También puedo, además de hablar, escribir. Es necesario que por medio de la presente, les describa y refleje mi situación. Para poder así analizarla y ver que, el pedido que les realicé ayer, la mano de su hija, no es algo descabellado.
Suegro, si me permite llamarlo así, sepa usted que no. Hoy por hoy no poseo medio de vida por el cual mantener a mi amada. Recuerde usted que las necesidades de sapos en el mercado laboral, han disminuido mucho desde la devaluación. Ranas importadas de la China, a las cuales se les paga mucho más barato, nos han quitado el pan. Piense que en cada libro de cuentos todos los sapos tienen nombres como Cheng, Weng, Luang, etc. En mi defensa debo argumentar que, ni bien pueda casarme con su hija, volveré a heredar el castillo de mis antepasados y su fortuna. Sepa usted también que no soy un sapo normal sino que soy un príncipe encantado.
Querida suegra, no se horrorice al verme. Yo sé que las malas lenguas dicen que reparto verrugas y que como insectos, pero no es cierto. Apenas una que otra mosca desde que conocí a su hija No crea que nuestra diferencia de edad va a ser un problema... Si bien hace ya 300 años que estoy hechizado, aún sigo siendo joven. Además estar con su hija me da la energía necesaria para seguir viviendo.
Espero haberles contestado sus preguntas, pero quisiera explicarles algo más. Mi amor por su hija no es algo efímero. Esta basado en hechos de ciencia.
¿Sabían ustedes que ella hace que la mañana se ría?
Pasen un amanecer sin ella y sabrán de los que les hablo.
¿Sabían que su piel esta hecha de caramelos de todos los sabores?
Traten de probar en la zona del cuello, allí están los de menta que tanto degustan suegrita.
¿Sabían que el día no quiere terminar si ella no se va?
Un día puede durar mil años con ella al lado mío.
Por favor no cercenen nuestro amor. Déjenlo florecer como el junco de charco que es. Yo amo a su hija. Ya no puedo vivir sin su verde piel, como el tallo de las rosas, sus ojos saltones, como dos tizones de hoguera, sin su suave croar, como el murmullo de la hierba, el mismo que la engalana, suegrita…
¿Es que acaso no se pueden amar dos sapos hoy en día?
Con afecto, Malvino IV, conde de Nomeolvides
martes, 4 de septiembre de 2007
¿Indeciso yo? (1)
-Bueno Fulgencio- le digo a mi enano matero- Al fin parece que volvimos.
-¿Le parece? Yo creo que nunca nos fuimos.-
-Fíjese que una prueba de que nos fuimos y volvimos es que estrenamos el "guión de diálogo"- le digo convencido.
Fulgencio ceba uno amargo y uno dulce, ya les había comentado que soy bisexual para el mate. Frunce el seño mientras lo hace y con su movimiento la boina se tambalea.
-Cuéntese algo de su país Fulgencio, así la gente conoce un poco más. Me gusta creer que este es un medio de conocimiento. Aparte su país tiene un toque mágico, casi... irreal.
-Le aseguro que es muy real, demasiado para mi gusto- dice sonriendo.
-Verá, en mi país -continua contando-existe un gremio interesante. El gremio de los indecisos.
Usted sabe que casi todo esta regulado en forma de agrupaciones de individuos con intereses afines.
-¡Qué definición de Diccionario Fulgencio!-
-Pero no por eso irreal. Sólo técnica y algo fría. Como le decía, uno de los gremios más importantes es el de los Indecisos. A diferencia de los demás gremios para ser parte de los él no hace falta una inscripción. La mayoría de ellos aún no decide si quiere o no ser parte de la agrupación.
Recuerdo todavía a Ricardito, él fue el la persona que me llevó a conocerlos. Me lo encontré una tarde que fui a comprar corbatas al centro. Estaba batallando con la duda tratando de decidir si llevarse una corbata amarilla con rombos violetas o llevarse una de color marrón cartón con arabescos celestes. Evidentemente, le aconsejé que no se llevara ninguna de las dos y como muestra de su gratitud, al haberle solucionado tamaño problema, me invito un café. Ahí descubrí las sorprendentes historias del gremio de los Indecisos.
Herminio, no nato
Nada embellece más a una mujer que el embarazo, eso es por todos conocido. La embellece el hecho de que todos comparten su alegría. No fue diferente para Elenita. La hija menor del rengo Herrera. Se había juntado con Erminio el sobrino del bicicletero. Erminio había adquirido su nombre gracias a la proverbial laxitud ortográfica de la gorda del registro civil. Se rumoreaban los bares que en realidad lo que poseía la mencionada gordita, era una innata facilidad para la poesía y por eso inventaba nuevos nombres todo el tiempo. En la plaza se decía que era bruta.
Pasado un tiempo de convivencia, Elena descubrió que estaba en "estado interesante" y no demoró en comentarle a Erminio las buenas nuevas. Se supo después, por la curandera del barrio, que se esperaba a un varón, posiblemente habilidoso con la pelota, que tendría la tendencia a despejar los centros hacia el medio del área (situación que le cerraría las puertas de casi todos los clubes de fútbol del país, pero esa es otra historia)
Como es la costumbre, insana por cierto, la feliz pareja decidió perpetuar el nombre del padre en el hijo. Pero se aseguraron que este "Herminio" fuera con hache, para tener una diferencia tangible.
Se esperaba el parto para julio, justo después de la Fiesta de la Sandía Remolona. Se imaginará la impaciencia de los parientes cuando, llegó Octubre y no se había producido el nacimiento.
Erminio, padre, consultó a la curandera que le informó con pesar que se debía tratar de un Indeciso. Herminio, hijo, no se decidía a nacer. Estaba en la duda. No tenía el coraje para enfrentar a tanto pariente esperando verlo.
Esto se supo unos años después cuando Herminio, hijo, pudo hablar desde la panza de su madre.
Comentó al mundo, que insistía con el leiv motif de su nacimiento, que "Él no iba a aceptar presiones de ningún tipo y que iba a nacer cuando quisiera."
No hubo amenaza de desalojo que pudiera hacerlo cejar en su desición o mejor dicho en su indecisión. Se llegó incluso a culpar a la madre, pero ante el evidente inconveniente que le causaba la panza a la pobre Elenita, se desestimó la vil denuncia.
Ni siquiera la intervención de su novia (siempre hay un roto para un descocido) lo pudo hacer nacer.
Según tengo entendido nació hace unos años, al fin. SIn embargo sigue torturado por la indecisión. No sabe si volverse al vientre materno. Aunque dudo que encuentre el camino de vuelta.
El hombre con más suerte del mundo
Atilio Benítez, "el facha" para los amigos. Se trató de un legendario caso del gremio de los Indecisos. El problema de Atilio no era grave, según la óptica de todos los demás, sino más bien entretenido.
Atilio tenía demasiada facilidad para conquistar mujeres. El problema era que no se decidía por ninguna. Pero no terminaba con ellas, como cualquier ser humano decente, al descubrir la indecisión; sino que seguía con las relaciones. Llegó a manejar en su buena época hasta 50 noviazgos al mismo tiempo. Tenía una innata capacidad para la organización del tiempo y del dinero. Las damas, perdidamente enamoradas de él, preferían el calvario de su indecisión a perderlo definitivamente. Aparte, cuando alguna de ella lo dejaba, Atilio conseguía una nueva que engrosaba el lote.
Así vivió durante 20 años, disfrutando de las delicias de la compañía femenina. Llegó a convivir con 10 de sus novias al mismo tiempo. "El harem de Atilio" le decían las viejas a la casa de la particular familia. Sin embargo no era todo armonía dentro de la casita. Se imaginará el problema de celos y resentimiento que existía entre las novias del Atilio. Se hablaba de vestidos rotos, zapatos de tacón desaparecidos, cafés salados y pucheros endulzados. Cada una de ellas compartía con el amo su amor, pero le exigía que se decidiera por alguna.
Las cenas en la casita de Atilio eran verdaderas batallas campales.
Para sorpresa de todos, Atilio se suicidó una mañana de un tiro. Prefirió morir a seguir aguantando sus reproches, bataholas y lágrimas.
Sus viudas se vuelven a ver en los aniversarios de su muerte en el cementerio, solo para no saludarse.
-¡No lo puedo creer Fulgencio! Esto debe ser uno de los relatos más raros que me ha contado. ¿Por qué no me sigue contando?
-Porque me he quedado sin agua para el mate. Aparte no quiero largarle todo de golpe. ¿Podrá aguantar hasta mañana?-
-¡Aguantaremos!-.
-Fíjese que una prueba de que nos fuimos y volvimos es que estrenamos el "guión de diálogo"- le digo convencido.
Fulgencio ceba uno amargo y uno dulce, ya les había comentado que soy bisexual para el mate. Frunce el seño mientras lo hace y con su movimiento la boina se tambalea.
-Cuéntese algo de su país Fulgencio, así la gente conoce un poco más. Me gusta creer que este es un medio de conocimiento. Aparte su país tiene un toque mágico, casi... irreal.
-Le aseguro que es muy real, demasiado para mi gusto- dice sonriendo.
-Verá, en mi país -continua contando-existe un gremio interesante. El gremio de los indecisos.
Usted sabe que casi todo esta regulado en forma de agrupaciones de individuos con intereses afines.
-¡Qué definición de Diccionario Fulgencio!-
-Pero no por eso irreal. Sólo técnica y algo fría. Como le decía, uno de los gremios más importantes es el de los Indecisos. A diferencia de los demás gremios para ser parte de los él no hace falta una inscripción. La mayoría de ellos aún no decide si quiere o no ser parte de la agrupación.
Recuerdo todavía a Ricardito, él fue el la persona que me llevó a conocerlos. Me lo encontré una tarde que fui a comprar corbatas al centro. Estaba batallando con la duda tratando de decidir si llevarse una corbata amarilla con rombos violetas o llevarse una de color marrón cartón con arabescos celestes. Evidentemente, le aconsejé que no se llevara ninguna de las dos y como muestra de su gratitud, al haberle solucionado tamaño problema, me invito un café. Ahí descubrí las sorprendentes historias del gremio de los Indecisos.
Herminio, no nato
Nada embellece más a una mujer que el embarazo, eso es por todos conocido. La embellece el hecho de que todos comparten su alegría. No fue diferente para Elenita. La hija menor del rengo Herrera. Se había juntado con Erminio el sobrino del bicicletero. Erminio había adquirido su nombre gracias a la proverbial laxitud ortográfica de la gorda del registro civil. Se rumoreaban los bares que en realidad lo que poseía la mencionada gordita, era una innata facilidad para la poesía y por eso inventaba nuevos nombres todo el tiempo. En la plaza se decía que era bruta.
Pasado un tiempo de convivencia, Elena descubrió que estaba en "estado interesante" y no demoró en comentarle a Erminio las buenas nuevas. Se supo después, por la curandera del barrio, que se esperaba a un varón, posiblemente habilidoso con la pelota, que tendría la tendencia a despejar los centros hacia el medio del área (situación que le cerraría las puertas de casi todos los clubes de fútbol del país, pero esa es otra historia)
Como es la costumbre, insana por cierto, la feliz pareja decidió perpetuar el nombre del padre en el hijo. Pero se aseguraron que este "Herminio" fuera con hache, para tener una diferencia tangible.
Se esperaba el parto para julio, justo después de la Fiesta de la Sandía Remolona. Se imaginará la impaciencia de los parientes cuando, llegó Octubre y no se había producido el nacimiento.
Erminio, padre, consultó a la curandera que le informó con pesar que se debía tratar de un Indeciso. Herminio, hijo, no se decidía a nacer. Estaba en la duda. No tenía el coraje para enfrentar a tanto pariente esperando verlo.
Esto se supo unos años después cuando Herminio, hijo, pudo hablar desde la panza de su madre.
Comentó al mundo, que insistía con el leiv motif de su nacimiento, que "Él no iba a aceptar presiones de ningún tipo y que iba a nacer cuando quisiera."
No hubo amenaza de desalojo que pudiera hacerlo cejar en su desición o mejor dicho en su indecisión. Se llegó incluso a culpar a la madre, pero ante el evidente inconveniente que le causaba la panza a la pobre Elenita, se desestimó la vil denuncia.
Ni siquiera la intervención de su novia (siempre hay un roto para un descocido) lo pudo hacer nacer.
Según tengo entendido nació hace unos años, al fin. SIn embargo sigue torturado por la indecisión. No sabe si volverse al vientre materno. Aunque dudo que encuentre el camino de vuelta.
El hombre con más suerte del mundo
Atilio Benítez, "el facha" para los amigos. Se trató de un legendario caso del gremio de los Indecisos. El problema de Atilio no era grave, según la óptica de todos los demás, sino más bien entretenido.
Atilio tenía demasiada facilidad para conquistar mujeres. El problema era que no se decidía por ninguna. Pero no terminaba con ellas, como cualquier ser humano decente, al descubrir la indecisión; sino que seguía con las relaciones. Llegó a manejar en su buena época hasta 50 noviazgos al mismo tiempo. Tenía una innata capacidad para la organización del tiempo y del dinero. Las damas, perdidamente enamoradas de él, preferían el calvario de su indecisión a perderlo definitivamente. Aparte, cuando alguna de ella lo dejaba, Atilio conseguía una nueva que engrosaba el lote.
Así vivió durante 20 años, disfrutando de las delicias de la compañía femenina. Llegó a convivir con 10 de sus novias al mismo tiempo. "El harem de Atilio" le decían las viejas a la casa de la particular familia. Sin embargo no era todo armonía dentro de la casita. Se imaginará el problema de celos y resentimiento que existía entre las novias del Atilio. Se hablaba de vestidos rotos, zapatos de tacón desaparecidos, cafés salados y pucheros endulzados. Cada una de ellas compartía con el amo su amor, pero le exigía que se decidiera por alguna.
Las cenas en la casita de Atilio eran verdaderas batallas campales.
Para sorpresa de todos, Atilio se suicidó una mañana de un tiro. Prefirió morir a seguir aguantando sus reproches, bataholas y lágrimas.
Sus viudas se vuelven a ver en los aniversarios de su muerte en el cementerio, solo para no saludarse.
-¡No lo puedo creer Fulgencio! Esto debe ser uno de los relatos más raros que me ha contado. ¿Por qué no me sigue contando?
-Porque me he quedado sin agua para el mate. Aparte no quiero largarle todo de golpe. ¿Podrá aguantar hasta mañana?-
-¡Aguantaremos!-.
CONTINUARÁ
(¿O NO?)
(¿O NO?)
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