lunes, 16 de junio de 2008

La niña ciega + visiones del abismo (o como tener una vida en la argentina actual)

-¡Hola Fulgencio!
-Hola, ¿cómo le va? ¿Así que se concluyó con ese tema que lo tenía a mal traer?
-Claro, Gracias a Dios se acabó el problema.
-Buenísimo.

Me pasa un mate. Estoy todavía un poco descompuesto por los festejos de mi reciente logro pero igual se lo acepto. No vaya a ser que se ofenda.
Nuca conté acerca del lugar dónde nos encontramos. Vivimos en una casa de dos pisos, al costado de una ruta nacional. Si bien han cambiado varias veces la ubicación de las cosas, siempre se mantiene la relación: primero viene la PC, después un sillón dónde se apoya todo lo que no tiene un lugar fijo y después el escritorio del jefe.
Traemos agua desde la cocina, que está en la planta baja, y cebamos mates en una calabaza los lunes martes y miércoles y en un mate traído del paraguay los jueves, viernes, sábados y domingos.
A veces es un mate amargo, si estamos dulces por las cosas que nos pasan, y a veces es un mate dulce, si el mundo que nos rodea esta muy amargo.
Vivimos en la argentina, el mate casi siempre es dulce.

-¿Está contando dónde vivimos?
-Claro Fulgencio, ¿qué quiere que comente?
-Dígale a la gente que los vecinos han levantado una pared de ladrillos que nos tapa la visión, pero que no alcanza a ocultar la luna. Cuente que cuando es de noche nos gusta mirar hacia fuera y que parecemos dos gatos enjaulados.
-Tomo nota de lo que me dice,- y realmente lo escribo en el cuadernito que he comprado para que las frases de Fulgencio no se me pierdan- y comparto su sensación. A veces parecemos encerrados. Pero son más las veces que la pared que nos encierra esta en nuestra cabeza. ¿O me equivoco?
-Para nada- dice mi enano- pero no quería usar una imagen tan clásica. No le ha servido para nada el taller.
-No sea cargoso- y me contengo para no revolearle el mate por la cabeza- escribir no es fácil Fulgencio. A veces no sé de que hablar.
- Hable de lo que le pasa. ¿Qué le pasa?

Mi enano no dimensiona que las preguntas que me hace no tienen una respuesta sencilla y mucho menos interesante. Me río y espero paciente un nuevo mate.

-Fulgencio, hace mucho que no me cuenta historias de su país ¿Se le acabaron?
- Nunca se me acaban y son lindas para amenizar el mate.
-Dele nomás…
- Le doy con gusto.



La niña ciega.

Cerca de mi barrio, en la zona de Villa Pipoca, vivía hace algún tiempo una costurera y su hija. La señora que se llamaba Emilia, era conocida por la firmeza de sus trazos en el bordado y por la seriedad con que encaraba cualquier trabajo. La hija, que se llamaba Claudia, era recordada por su gran belleza y por un detalle: era ciega de nacimiento.
Doña Emilia intentaba demostrar con su esfuerzo que la gente confiaba en ella como costurera no por pena debido a su situación de mujer sola a cargo de una niña, sino que lo hacía por la excelencia de su labor.
Claudia no iba al colegio porque en aquellos días no existían personas que se dedicaran a educar a los ciegos. Sin embargo, su madre, en las tardes que le quedaban libres, se encargaba de instruirla enseñándole y leyéndole en voz alta. Solían quedarse hasta bien entrada la noche, discutiendo sobre algún pasaje oscuro de alguno de los libros que habían elegido para leer aquel día. Yo las veía al volver de noche a mi casa, doña Emilia envuelta en un chal de lana para evitar el frío, con el mate en una mano y un libro abierto en la otra y Claudia con sus ojos, su preciosos ojos, fijos en el rostro de su madre como si tratara de verla. Muchas veces me pregunté si no estaba enamorado de esa mirada extrañamente cálida en su fría ceguera.
Doña Emilia tenía un ritual que realizaba todos los jueves. Era ese el día de la semana que se tomaba para visitar a sus clientas. Salía bien temprano en la mañana y dejaba a Claudia. Le daba todas las recomendaciones que le da una madre a sus hijos, y la dejaba, temerosa y con sentimiento de culpa, abrumada por la necesidad del trabajo y por el deseo de no dejar a su niña sola. Los vecinos tratábamos de pasar por la casa de Doña Emilia los jueves para ver si Claudia necesitaba algo. Ella nos recibía con alegría y nos agradecía las atenciones pero nunca hacía pasar a nadie a su casa. A decir verdad, la niña se manejaba extraordinariamente bien pese a su impedimento y nunca había tenido ningún problema. Lo costurera, cumplido el jueves de trabajo fuera de casa, realizaba un último rito: compraba merengues en la panadería de la calle Libertad y se los llevaba a Claudia para compartir esa noche mientras leyeran. Era un premio a su habilidad para esquivar las penurias y una manera de celebrar el hecho de que volvieran a estar juntas.
Una tarde de invierno, después de comprar los merengues en la panadería, doña Emilia cruzó la calle Libertad para ir a su casa. La muerte la esperaba en la mitad de la calle. Don Luis, que llegaba tarde a la casa de sus hijos que festejaban el cumpleaños de su nieto, se distrajo un segundo y no pudo esquivar a la madre de Claudia. Según me contaron cuando llegó la ambulancia Doña Emilia ya estaba muerta. Su cuerpo quedó tirado en el medio de la calle, rodeada de sus utensilios de costura y el paquete de merengues aplastado al pie de un árbol.
Los vecinos se reunieron en la vereda y mientras unos trataban de consolar a Don Luis, otros intentaban decidir quién debía ir a decirle a Claudia, que seguía esperando la llegada de su madre, la triste noticia. Nadie se atrevía, nadie tenía el valor suficiente para cargar de pena a una niña tan frágil y tan bella.
Alguien propuso que fuera el padre Manuel el encargado de dar la noticia, ya que se suponía que era el párroco el que más sabía acerca del dolor humano. Pero existía un problema. El padre Manuel no estaba en la casa parroquial ya que estaba de visita en lo de su hermana y recién volvería en la noche. Decidieron entonces esperar a su regreso.
La oscuridad ya se había adueñado de la villa y las vecinas de Claudia esperaban ansiosas al padre. Yo ya había vuelto del trabajo y me había enterado de las malas nuevas. Aguardábamos murmurando, comentando en vos baja la terrible suerte de la niña preciosa. Algunos se ofrecieron a recibirla en sus propias casas, otros a darles algún tipo de trabajo, otros (entre los que me encontraba) nos comprometimos a seguir leyéndole de la misma manera que lo hacía doña Emilia. Se hacía tarde y el padre aún no volvía. El frío nos fue silenciando y fue pintando nuestro aliento de gris.
Entonces sentimos llegar desde la casa de Claudia el sonido de la puerta que se abría y luego una alegre expresión de bienvenida. Nos miramos entre todos, sin entender, y nos fuimos acercando al frente de la casa. De a poco, como ladrones, nos asomamos a la ventana y miramos dentro.
La luz caía desigual sobre dos sillas. Una de ellas estaba vacía y frente a ella se encontraba sentada Claudia, con sus ojos, sus bellos ojos, fijos en la nada. Sonreía alagada y con su mano derecha se llevaba a la boca uno a uno los merengues de un paquete que tenía apoyado en la falda. Mientras comía hablaba con alegría, gesticulaba y señalaba a la silla vacía como si alguien estuviera sentado allí.
Nos alejamos rápidamente de la ventana asombrados. Cada uno fue a su casa sin hablar y sin mirarse.
El padre Manuel llegó unas horas más tarde. De qué hablaron y cuál fue la reacción de Claudia, nunca nadie lo supo bien. Algunos dijeron que lo había tomado con extrañeza. Esa semana la niña dejó la villa para siempre.


Ahora hay silencio entre nosotros. El agua para el mate se ha acabado y me he dejado llevar por las palabras de Fulgencio otra vez.

-¿Le gustó?- me pregunta.
-Es triste- le digo- ¿No tenía nada más alegre para contarme?
-Usted pidió un cuento, no “un cuento alegre”- me dice con malicia.

Y tiene razón. Le pedí un cuento nomás. Y el señor se despacha un cuento sobre visiones. Visiones del pasado que no se quiere ir y de un futuro que no quiere llegar.

-El futuro se reniega a venir porque esta asustado del presente. Pero no se preocupe que tiene la obligación de llegar y es un muchacho muy responsable-me dice sonriendo.
-¿Le parece? Mire que el presente esta fulero como nunca.
- Claro, el futuro nunca dejo de venir. A veces viene mal claro, pero siempre viene. Es cuestión de paciencia, si se fija bien, lo podemos ver venir, justo como una visión.
- y dale con las visiones
- Bueno, usted tiene la culpa. ¿Para qué me pide un cuento si no lo va a soportar?
- Es que yo…
-Es que nada- me interrumpe Fulgencio- los cuentos se aceptan como son y listo. ¿Dónde se ha visto que un oyente reniegue de los cuentos que escucha?
- Se llaman críticos Fulgencio y hay millones en el mundo- le digo y me preparo para el estallido.
-¿Críticos?- dice- ¡Qué oficio más bajo! Críticar es al arte como las pulgas son al perro. No sirven para nada más que molestar.

Y concuerdo con él. Hay silencio nuevamente. Fulgencio ha empezado a limpiar el mate. Con paciencia mete la cuchar y remueve una porción de yerba cada vez más grande y, desde acá, parece que el mate bostezara. La bombilla esta a su derecha y el azúcar del otro lado.

-Fulgencio…- le digo.
-Mande- me dice.
-¿Qué va ser de nosotros?

Mi enano me mira. Hay un poco de asombro en su cara.
-No sé ¿Tiene miedo?
-Me parece que sí. Esta historieta ya la vivimos.
-¿Y la vez pasada, sobrevivimos?
-A duras penas Fulgencio.
-Vamos a volver a hacerlo. No se preocupe. El país sale de esta. Seguro que nos espera un futuro de paz y de armonía como nos lo merecemos. Duerma sin frazada.

Lo miro con cara de asombro y después con cara de enojo.

-¿Qué le pasa?- me dice
-¿Cómo que “qué me pasa”? ¡Enano caradura!
-¿?
-Otra vez con cuentos. Diga que al menos este tiene un esbozo de final feliz.
- Mi amigo no hay una que le venga bien.

Nos reímos un rato pero nos quedamos pensativos. ¿Qué será de nosotros?

viernes, 6 de junio de 2008

Último parcial de Tecnología Industrial

Hoy no tengo ganas de estudiar (como siempre) y lo miro a Fulgencio mientras lee el diario. Hace calor.
El teclado me llamo furioso, pero me niego. Tengo que aprender qué es una Unidad de vinculación tecnológica, cuántos centímetros debe tener un torno, qué es una fresadora... Sin embargo no puedo hacerlo. A pesar de que es el último parcial de mi vida.
Miro al teclado, que es negro con las letras blancas, y parece la sonrisa de un perro. La letra A ha desaparecido casi por completo. Solamente le queda el “techito puntiagudo” y una pequeña parte de la patita.
Me grito en silencio, me revuelvo en la silla, pero todo parece distraerme. Desde el costado del escritorio, que han vuelto a cambiar de lugar como si no entendieran que necesito de un escenario coherente para escribir, me miran los apuntes que debo Afrontar. Y me indignan, ya aprobé 3 parciales de esta porquería tecnológica y ahora me falta el último acto: un global para poder promocionar. Frente a mí flotan los rostros de los profesores que imagino en maquiavélicas diatribas, dilucidando cómo hacer para molestar más a los alumnos. Uno es alto peinado a la gomina, parece un clon del Drácula de Bela Lugosi. El otro tiene sin duda un aire al Frankenstein de los '50: de mirada poco lúcida, como al de una tortuga, pero capaz de accesos sanguinarios de violencia. Todo se mueve frente a mí, en mi imaginación al sonido del crepitar de las páginas de diario de Fulgencio, que se van apilando una a una, de la derecha a la izquierda, de a poco, lentamente. Como un tren de letras que se lleva las noticias.

Suspiro y vuelvo a tomar el apunte, pero no paso de las primeras hojas. En mi cabeza se produce una guerra sin tregua digna del próximo culebrón épico de Hollywood.
El príncipe Tecnología desea conquistar los imperios de mi cerebro, pero debe sustraerse a la seductora presencia de La Elfa negra que con sus letras lo invita, descaradamente a poseerla, a hacerla suya.
El príncipe se resiste, su aliado de confianza el Barón Memorioso le recuerda que después de esta batalla, esta última y magnífica batalla, la guerra quedará decidida a su favor.
Sin Embargo Tecnología duda, se retuerce, no sabe si atacar o no. Se consume entre una victoria gloriosa y un placer efímero pero justamente por esa cualidad, irrepetible.

De golpe, el silencio me trae a la realidad.
Fulgencio ha dejado de leer el diario. Me pregunta:

-Che, ¿no te vas a poner a estudiar?
-Ahora me pongo Fulgencio, ahora me pongo…

lunes, 19 de mayo de 2008

Un foco de 75 watts

Yo soy el que soy, no soy nada.


El tiempo me lo ha demostrado. En mi mundo obnubilado por la observación y la tortícolis, la vida se desarrolla y pasa. Soy como un Dios sin manos para alterar la creación.
Mi vista llega apenas hasta el borde de la mesa, siempre vestida con su mantel azul pálido.
Soy un prisionero más del dolor y de la luz. La interminable luz que despido y que impide que me vean. Es mi camuflaje. Soy el ojo de Rha que nunca parpadea y que no deja de ver aunque este apagado.
¿Qué me importa a mí las historias de guerras mágicas y las celestiales constelaciones si no puedo quitar mi vista de la cuadriculada tela que se posa sobre la mesa?
¿Qué significado pueden tener para mí los titulares del diario que alguien descuidadamente dejó sobre la mesa, si sólo me tengo a mí mismo?
¿Qué me pueden contar sobre la hierba y las flores, cuándo las únicas que he visto son las que pintó Liliana de forma grotesca en ese cuadro?
¿Qué puede representar para mí la inocencia de Jorge, su candidez innata, su mano surcada de venas azules y verdes, si no puedo cerrar mi ojo?
Todo es igual para mí. Todo se vuelve gris de tanto mirar. La oscuridad de la luz me ha cegado.
Quisiera ser una puerta. Sombría, coronada de capiteles o, quizás, de un busto de Palas como el de Poe.
Incólume, megalítica, ciega. Todas las tardes crujiría ante el calor de la habitación y su aire viciado de podredumbre. Me abriría de par en par para dejar salir el fétido aroma del placer final de Jorge.
Pero no. Soy este foco que no puede dejar de mirar. Este foco que no cerrará su ojo hasta el final de su tiempo, que es en definitiva el final del universo. Estoy encerrado en este lugar, colgando como un ahorcado, rodeado de huesos descarnados, alabado por esa osamenta opalescente que yace sobre el suelo.
Más que Dios, se que soy el Demiurgo de la habitación, de este un universo privado. Sólo mirando, sólo adivinando en mis pequeños actores, en mis tristes creaciones, atisbos de remordimiento, de traición, de amor, que se emanan desde cuencas (ahora) vacías.
¿Qué me importa a mí un concepto tan abstracto como la infidelidad, sí sólo me he amado a mi mismo durante todo este tiempo? ¿Qué puedo saber yo de las razones de Liliana y de la Furia de Jorge? Pobres mortales. Creyendo que obedecen a su propio designio no hacen más que enriquecer la trama con la cuál me entretuve. Porque yo soy el que soy, inmóvil, atontado por el dolor, pero aún así, soy el creador de su infierno.
Yo daba luz a Jorge mientras devoraba la carne de Liliana con mórbido placer. Yo.
Ellos fueron títeres, de mi sueño. Un sueño de monotonía y opresión.
Yo soy el centro del universo, el rey de la creación. Y decidí ser un Demonio. Fue el único placer que me pude permitir.
Mi éxtasis es y será opaco y cae en forma de luz sobre los huesos por toda la eternidad. Que así sea.

Para mis amigos Emos que pululan por la vida de los demás. Por favor, consigan una propia.

Beso y Chirlo

domingo, 27 de abril de 2008

Juan Carlos Scala Paredes, escalador de paredes. (versión completa y aprobada por la C.H.I.C.H.O.)

De todos los recuerdos de mi infancia en Villa Pipoca, atesoro particularmente la memoria de Juan Carlos Scala Paredes. Este recuerdo no se debe tanto a sus apellidos que formaban una conjunción sorprendente sino que más bien está ligado a su increíble, abrupta, deliciosamente mágica, partida.
Pero empecemos por el principio así no nos mareamos al llegar al final.

Por ironías del destino Giacomo Scala, inmigrante italiano recién arribado al país, radicado en la provincia de Mendoza, se enamoró y se casó con Angélica Paredes, la hija del zapatero. Ella, atenta en todo, viendo el deseo de Giacomo de ser padre no tardó en quedar embarazada y dio a luz a Juan. La experiencia no debe haber sido muy agradable para Angélica porque Juan fue el primero y el último. Criado en la soledad de un patio sin hermanos, el “tanito”, como todos le llamábamos, recurría a la hermandad substituta de los vecinos. Y así nos conocimos.

Los Scala vinieron a vivir enfrente de lo del Rengo Videla, en una casa pequeña, más que nada una piecita, que hacía las veces de comedor, cocina y estudio. Estaba a media cuadra de la mía doblando por la calle Vespucio hacia el sur. Era una casita blanca de baja altura que tenía un lindo patio y era la única de la cuadra, lo que le daba un aire solitario. Estaba toda rodeada por alambre excepto por una pared de ladrillos que se erguía a la derecha de la entrada (a la derecha mirando desde lo del Rengo Videla). Parecía que los Scala, previendo un vecino futuro, habían construido una medianera lindante con la nada. Las viejas comentaban que era un derroche de dinero haber mandando a construir una pared con tan poco uso, pero lo cierto es que cuando ellos vinieron a la Villa, la medianera ya existía.

Arribaron, como dije, a la piecita atraídos por las promesas de una tía de Angélica que le consiguió a Don Giacomo un puesto de sereno en La Fábrica y a la mamá del tanito un trabajo en un almacén.
Juan, que vino con 5 años, vivía al cuidado de la Tía primero, de la cual nunca supe el nombre, pero pasado un tiempo pasaba las tardes entre los vecinos.
Era la época en que aún se confiaba en “la gente de al lado” y si bien algún problema podía encontrarse entre los que vivíamos en Villa Pipoca, no había razones para recelar de nadie.

Es extraño pero siempre recuerdo la primera vez que vimos al tanito en la cuadra. Hacíamos un picadito. Era un chico más bien de porte pequeño con la tez muy clara. Tenía la costumbre de tener casi siempre las manos en los bolsillos. Usaba un pantalón corto marrón y una camisa blanca. Llevaba media sonrisa en el centro de la cara de cachetes colorados.
Lo adoptamos en el grupo al instante ya que era el único arquero decente en toda la Villa.
Pero no es de su habilidad al arco (que nos permitió ganar el intercolegial atajándole un penal al Gordo Liberacce) de lo que quiero hablar. Sino más bien de su otra gran habilidad, su “don”, como le gustaba decir al él.
Verán. En Juan la jocosa comunión de los apellidos de sus padres, actuaba como la marca de un destino. El Tanito era un escalador. Un escalador de paredes.

No era extraño en esos días, encontrar las más variadas disciplinas deportivas barriales. Había muchachos que dominaban el balero, otros que eran maestros del yo-yo (con vuelta al mundo e infinitas variaciones de “El perrito”), pateadores de latas, constructores de pelotas de media, infladores de bicicletas, tocadores de timbre, jugadores profesionales de mancha, escondida, rayuela, constructores de castillos de naipes, chinchoneros, amantes de la lotería, contrabandistas de bolitas y figuritas, trepadores en general y trepadores especializados: alpinistas de arboleda y escaladores de paredes.
El hecho de que Juan fuera uno de éstos últimos, no era un suceso destacado. Lo que sí era una extrañeza era que su apellido lo anunciara tan abiertamente y que, sin lugar a dudas para todos aquellos que tuvimos el orgullo de conocerlo en actividad, fue el mejor trepador de muros que dio la época.

No había pared, tabique, murallón o medianera que se le resistiera. Era capaz de recitar de memoria el orden y el grado de dificultad de todos los muros trepables del barrio. Tenía muy buen ojo para elegir su camino entre los ladrillos, de manera tal que lograba escalar muy rápidamente. Carecía de miedo ante aquellas paredes coronadas con vidrios rotos o con rejas. Conocía las distintas consistencias de los recubrimientos (no es lo mismo pintura que cemento o barro). En definitiva, era un experto en su arte.
Lo comprendimos el día que, mientras lo íbamos a buscar para jugar a la escondida, lo vimos trepar como quien no quiere la cosa, la medianera de su casa.

A fin de cuentas, la criticada pared del lado derecho había sido la cuna de su talento. Según el mismo nos contó, había descubierto su vocación jugueteando al pie de la medianera. Había sido una experiencia mística. Siempre la recordaba. Transcribo la historia que nos contó como me la aprendí, de tanto escucharla:

“Estaba sentado al pie de la pared, aburridísimo. Mataba hormigas con el martillo que papá había dejado en el patio. Y sentí como un cosquilleo. El viento se levantó. Pensé que se venía una tormenta porque de repente se obscureció el frente de la casa y la sombra se fue moviendo hacia abajo como cuando uno pone miel en una tostada. Se arrastraba muchachos” nos repetía. “Y, de golpe, un rayo de luz fuertísimo atravesó el velo gris. Tan fuerte que me caí para atrás y me di un golpazo en la cabeza, acá atrás.
Me agarré la nuca y mientras insultaba al aire, la vi: (en este punto su cara se iluminaba como si el rayo de sol le siguiera alumbrando) La pared, la medianera de mi casa. Iluminada, tentadora… me llamaba muchachos. Me llamaba como cuando mi mamá quiere que vuelva de la casa de alguno de ustedes…”

Nosotros nos reíamos pero nos mirábamos de reojo, con un miedo secreto.

Fuimos creciendo, inevitablemente hacia arriba, y Juan no dejaba de sorprender con sus proezas de escalamiento.

La pared del hospital, la medianera de la escuela, el murallón del parque, la casa del placero, todas ellas fueron superadas sin mayores dificultades. Poco a poco se hizo evidente que no había pared que no pudiera trepar el Tanito y comenzó a realizar intentos más osados.
Recuerdo cómo le latía el corazón mientras lo abrazaba felicitándolo por haber trepado el murallón de la Casa de Martín. Y no era para menos, 5 metros de piedra pura que atemorizaban a cualquiera, no habían sido obstáculo para nuestro experto.
Llegó, incluso a menoscabar a las paredes. Trepaba muy rápido y antes de coronar el muro, sonreía socarronamente o lanzaba piedras que sacaba de su bolsillo, mientras se sostenía con una sola mano. Este comportamiento soberbio era tolerado por los muchachos del grupo que aplaudíamos a rabiar las proezas ofrecidas. Si hubiéramos sabido que ese comportamiento nos iba a costar muy caro, nunca lo hubiéramos aprobado.

El tanito había logrado un nivel de profesionalismo ejemplar que sólo unos pocos elegidos pudieron lograr. Esto le trajo el respeto de todos en el barrio pero también le trajo contrincantes. Muchachos, de otras barriadas, habilidosos trepadores, que deseaban medirse con Juan para determinar quién era el mejor. Nuestro escalador los enfrentaba a todos y a todos los vencía. Incluso, otorgando una enorme ventaja a sus rivales, los dejaba escoger la pared a trepar. De todos ellos a ninguno recuerdo especialmente, con excepción claro, de Rupino.

Se llamaba Roberto, Roberto Rupino, y vivía en el Barrio Encarnación. Era casi tan bueno como Juan, pero, en mi opinión, carecía del estilo impoluto del Tanito.
Sin embargo, había adquirido fama también cómo escalador de paredes y no tardó en cruzarse con nuestro amigo.

Recuerdo esos días y me vuelve la amargura de entonces. Lo que sucede es que, los próximos sucesos que voy a relatar, entran en la categoría de aquellas cosas que, supuestamente, deberían perder importancia al madurar pero sin embargo nos siguen doliendo en el tiempo. A pesar de los años. A pesar de que ya no seamos ni niños, ni inocentes.

Sucedió lo inevitable. Una tarde, al pasar por la plaza Belgrano, vimos a la barra del Barrio Encarnación jugando a las bolitas junto a los columpios. Se imaginarán que no podíamos permitir una intromisión de ese tipo (la plaza quedaba en el centro de la Villa) así que nos fuimos derecho a encarar a los invasores del otro bando.
No me enorgullece recordar que hubo piedras tiradas sin ánimo de lastimar (aunque algunas hicieron blanco) e insultos de todo tipo. No recuerdo cómo, pero en un momento se negoció una tregua.
El uso de la plaza Belgrano con todas sus instalaciones debía ser disputado de otra manera. Cómo los pibes del Barrio Encarnación sabían de nuestra superioridad futbolística (¡cobardes!), decidimos dejar todo en manos de una disciplina en la cuál ambos bandos tuvieran una relativa igualdad de condiciones. Todo esto entre medio de empujones, insultos y reproches.
Rupino tuvo la idea, lo que demuestra que hacía rato que estaba con ganas de medirse con Juan. El ganador de una competencia de escalada de pared, le otorgaría a su bando la victoria, los derechos de uso de la plaza y 60 bolitas de las más lindas. La prueba consistía en una demostración básica de habilidad: trepar una pared por un lado y bajar por el otro. El primero en llegar del otro lado sería el ganador.
Ahora sé que, aunque era mucha la confianza que le teníamos al Tanito, no debimos haber aceptado tan confiados.
Se fijó el horario y el día: sería el sábado a la tarde, cerca de las 8, cuando el sol comenzara a ponerse sobre la Villa. Se decidió además cuál sería la pared a escalar. Después de pensarlo un poco, los contrincantes acordaron escalar la pared de la escuela Fray Luís Beltrán por ser conocida por ambos y porque la Escuela era el centro de nuestras vidas en aquellos días.

La espera fue larga. Durante la semana acompañamos al Tanito varias veces a ver de cerca la pared. La estudiaba con el seño fruncido, le daba vueltas, la tanteaba. Ese jueves dijo que ya estaba preparado, aliviando el sufrimiento de todos.

Llegados a este punto quisiera hacer un alto en mi narración. Deseo que se me entienda. No es para nada agradable para mí contarles los detalles de cómo Rupino ganó la plaza y las bolitas para su equipo, ni cómo nos quedamos pasmados a ver al tanito perder. Es demasiado doloroso, aún ahora.
Perdimos miserablemente. No doy excusas porque no las necesito. Los grandes también suelen tener tropezones. Rupino ganó limpiamente, aún cuando clamábamos por una imaginaria trampa.
Todo se debió a la confianza en sí mismo de Juan.
La competencia arrancó pareja, cada uno trepando por su lado, pero rápidamente nuestro héroe tomo la delantera. Llevaba mucha ventaja pero, antes de llegar a la cima, el Tanito decidió ofrecerle a su público un gesto de victoria. Se dio vuelta y, sostenido con una mano, nos saludó con una sonrisa mientras se balanceaba. Rupino, que no era tonto, se dio cuenta que era su oportunidad y aceleró su paso por la pared superando a un sorprendido Juan que no alcanzó a reaccionar. Roberto ya llevaba un tiempo del otro lado de la pared cuando el derrotado llegó.
Nos quedamos helados. No lo podíamos creer. Pagamos nuestra apuesta con todo el dolor que puede tener un niño al desprenderse de sus juguetes preferidos, de su honor y de su plaza, el teatro de ese tiempo que llamamos Infancia.

Desde ese momento, perdimos la fe en Juan y lo que es peor, él perdió la fe en sí mismo.
Decidió retirarse. Dejar el escalamiento de paredes para siempre. Le quitó el sentido a su doble apellido luego de su primera y fatal derrota. Y no sólo eso. Perdió el valor. Mientras que cualquiera, al ver las burlas que le propinaba Rupino hubiera reaccionado a los golpes, Juan (qué desde ese momento fue sólo “Juan” y nunca más “el Tanito”) bajaba la cabeza avergonzado. Se volvió callado, siempre triste.
Los muchachos nunca más volvimos a hablar del tema para no herirlo y nos inventábamos excusas para justificar el hecho de que no fuéramos a la plaza a jugar. A pesar de todos los cuidados que tuvimos, nunca pudimos recuperar a Juan que pasó a ser una figura gris entre nosotros. No volvimos a verlo a trepar.
Pasaron los años y cada uno siguió su camino. Yo me fui de la Villa, no sin dolor, al casarme con Lucrecia. Abrimos una panadería con un socio frente a la estación Terminal de ómnibus. Aunque volvía seguido a Villa Pipoca a ver a mis viejos, no pasó mucho para que dejara de encontrarme con mis antiguos amigos.
Supe que Juan se había enrolado en la Marina y que estaba en Bahía Blanca. Esa fue la última noticia que tuve de él. Hasta el primer día del mes pasado.

Estaba por cerrar la panadería, cuando vi su sombra en la entrada. El sol caía detrás de él lo que me impidió reconocerlo al principio pero una vez que entró al local supe que era él. No había cambiado nada en 40 años. Seguía teniendo la cara colorada, ahora enmarcada en un pelo gris. Me dijo que me andaba buscando, que había ido a mi vieja casa y que ahí le habían dicho que no vivía más en la Villa. Qué había ido a verme al club, al Bar de Don Emilio, que me había seguido buscando por todos lados hasta que me encontró. Lo vi agitado. Me preocupé por él. No sabía que había sido de su vida en tanto tiempo. Lo saludé con algo de asombro y le pregunté el porqué de su deseo de verme después de tantos años y con tanta insistencia. Lo invité a tomar un café. Me dijo que no teníamos tiempo que perder, que lo tenía que acompañar sí o sí a un lugar. Pero no me dijo a dónde.
Le explique como pude que no podía ser hoy, que si quería mañana podíamos ir en la tarde a dónde el quisiera, pero que justo en ese momento estaba cerrando la panadería y debía irme a casa porque Lucrecia me esperaba a comer. Se puso muy nervioso. Sus ojos daban vueltas para todos lados y se pasaba las manos por el pantalón. Me dijo que tenía que ser hoy porque sino ya no tendría ningún sentido. Me recordó nuestra antigua amistad, me lo pidió en nombre de la memoria de la vieja y, dándose cuenta de que no tenía intenciones de acompañarlo, se arrojó al suelo a suplicarme que lo hiciera.
Accedí al fin, no pudiendo soportar el patetismo de la escena y me convencí de que mi amigo no estaba en sus cabales al verlo hacer un bailecito de alegría al saber que finalmente lo acompañaría. Cerré la panadería al fin y me dejé arrastrar, algo atemorizado, por el ímpetu de su pedido.
Fuimos caminando, casi sin hablar urgidos de una prisa invisible. A las 2 cuadras ya me encontraba maldiciendo en voz baja a Juan, a su loca carrera que no aflojaba ni por un segundo, a mis zapatos que eran demasiado incómodos para el veloz paso que llevábamos y a las nubes que iban cubriendo el cielo nocturno. De a poco me di cuenta de que volvíamos a la Villa. No contestó cuándo le pregunté a dónde íbamos. Sólo dio vuelta la cara, como para cerciorarse que lo estaba siguiendo.

Empezó a correr el viento justo cuando doblamos por Figueroa hacia la plaza. En ese momento me di cuenta de que íbamos a la Escuela Fray Luís Beltrán. Cuando pisamos la familiar vereda, mi amigo comenzó a recordar el incidente con Rupino. Me preguntó si yo lo recordaba, lo que afirmé, y después rememoró detalle a detalle su derrota. Si bien ya estaba lloviendo, me di cuenta de que Juan lloraba de bronca.
Llegamos al frente de la escuela. El tiempo nunca tiene misericordia con nada en el mundo pero en el caso de un edificio al menos respeta su dignidad.
La Escuela estaba, en líneas generales, igual que cómo la recodaba, solo que a oscuras. Me acerqué al muro que me pareció mucho más bajo que en aquel entonces. Sonreí bajo la lluvia cuando lo toqué. Juan estaba quieto. Parecía pensativo. Vi sus puños temblar como quién trata de no pegarle a un irrespetuoso, como quién duda. La lluvia comenzó a caer en ese instante de una forma casi violenta y me sacó del letargo. Me acerqué a mi amigo y le pedí que volviéramos a nuestras casas o que al menos se pusiera al reparo para evitar el resfrío. Le toque el hombro tratando de hacerlo reaccionar. Saltó ante mi contacto y antes de que me diera cuenta de lo que hacía, enfiló derecho a la pared, a su infantil muro de lamentos y la trepó de un salto demostrando en ese acto su magnífica habilidad, su precioso estilo.
Lo vi trepar, alumbrado por los relámpagos que se descargaban sobre la Villa a lo lejos. Lo observé subir, mientras la boca se me abría en asombro. Coronó la pared con una pirueta y la luz le pegó en el rostro mostrándolo con una mezcla de desesperación y alegría. Respiró con un sonido húmedo, viscoso y se zambulló hacia la negrura que esperaba del otro lado de la escuela. Sentí sus carcajadas de alegría entre los relámpagos y la lluvia y sin poder contenerme aplaudí la pirueta igual que lo hubiera hecho cuarenta años antes. No me importó la lluvia que caía, ni el viento que me congelaba. Sentí que algo se completaba dentro de mí y volví a tener la felicidad despreocupada de un niño. Quería saludar al Tanito nuevamente y brindarle los honores merecidos una vez más. Y al pensar en él, me di cuenta de que Juan no había vuelto.
Espere un tiempo prudencial de este lado del muro, pero me fui dando cuenta de que mi amigo no venía. Comencé a llamarlo, a los gritos y traté de trepar yo mismo la pared. Cuando a duras penas llegué a la cima, mire al patio de la escuela que estaba vacío y oscuro. No se veía ni rastro del escalador de paredes. Me imaginé que abría salido por otra puerta o que se había arrepentido de haber venido a buscarme. Decidí irme a mi casa, bastante ofendido por su actitud.
En los días que siguieron y durante un mes entero, estuve preguntando por él a los amigos que lo conocían. Pero nadie lo había visto en mucho tiempo. Me aseguraron que habían pasado años desde la última vez que se lo vio por el barrio. Desconfiaban de que fuera él la persona que me vino a ver ese día. Pero yo estaba seguro de que era él. Nuca más lo volví a ver. Durante ese mes, en las tardes, antes de cerrar la panadería, me quedaba mirando hacia fuera, a la calle. Tratando de descubrir su figura entre las sombras. Pero nunca la vi. Me asombraba, pero también me indignaba su desaparición. Traté de olvidarlo en la rutina del trabajo y de la vida. Y lo hubiera logrado si no hubiera sido por la mañana del lunes pasado. Ese día, cerquita de las 11 mientras anotaba en la libreta de los pedidos una torta de ricota para Doña Elvira, sentí que un caballero le pedía a Lucrecia, que estaba atendiendo, 2 kilos de pan flauta. Levanté la cabeza, movido por una extraña sensación, y reconocí la figura de Roberto Rupino. Me acerqué y lo saludé con cariño. Si bien de niño habíamos pertenecido a grupos distintos, el tiempo había borrado todo rencor. Él me reconoció al instante y se quedó charlando conmigo apoyado en el mostrador, mientras mi mujer le pesaba el pan. Le comenté que en ese tiempo había estado pensando en él ya que había encontrado a Juan Scala Paredes hacía poco. Le conté la historia de ese día tal como lo había hecho ya varias veces. Rupino se río bastante y sus ojos brillaron al rememorar. Entonces dijo algo que me dejó sorprendido. Contó que siempre recordaba el incidente de la escuela con algo de vergüenza, porque en aquél tiempo estaba seguro de poder vencer al Tanito, pero que ese día Juan le había dado una lección al ganarle de una forma tan categórica. Me quedé helado. Le dije que se confundía que ese día él había ganado y que nuestro amigo había perdido de una forma patética. Me miró sorprendido y me contó la historia de la competencia tal cuál la recordaba. Era básicamente la misma pero en su versión Juan nunca se detenía a saludar a sus amigos de manera soberbia, sino que ganaba de cabo a rabo la carrera. En ese momento, mi mujer le entregó el pan y Rupino saludó con afecto y se fue.
Quedé sorprendido unos 10 minutos y luego, sin dar ninguna explicación, salí corriendo derecho a la Villa. Fui de casa en casa preguntando a mis antiguos amigos cómo recordaban la escena final de la competencia de escalada de pared y me fui asombrando cada vez más al escuchar contada por distintas voces la versión de Rupino que tenía a Juan como el ganador.
Cuando volví a la panadería mi mujer ya había llamado a la policía y los que es peor, a mis hijos, que me reprendieron como si fuera un niño. Me sentaron en una sillita y me dieron un té de tilo. Me preguntaron qué era lo que había pasado pero no les quise contar. Me quedé mirando al té que giraba tratando de congeniar lo que recordaba y lo que los demás recordaban.
Esa noche, en la mesita de la cocina, escribí la historia tal cuál la recordaba yo con un Tanito perdedor y humillado para resguardarla de una posible perdida de memoria. Sin embargo, aún recuerdo el incidente tal cuál pasó y aunque los demás han tratan de convencerme de que no es así como las cosas pasaron, no les creo. Estoy seguro de que la noche que con Juan volvímos a la escuela algo sucedió que cambio de alguna manera lo ocurrido, pero que no pudo cambiar mis recuerdos.
Pese a todo, por las tardes, mientras cierro la panadería y pienso en mi amigo, fantásticamente desaparecido, humillado en mi recuerdo y ensalzado en el de los demás, sonrió porque sé que logró recuperar su alegría infantil, aunque yo tenga que cargar solo con el peso de su humillante derrota. ¿Para eso estamos los amigos no?

viernes, 25 de abril de 2008

Estaba sentado.
Echado en la silla.
Fulgencio miraba la novela (es novelero, sí señores)
Entonces, entró un rayo de sol...
Lo vi venir por el rabillo del ojo. Estaba con la panza en tierra esperando que me descuidara para atacarme.
Sonreí y giré la cabeza para dejarlo acercarse.
Me abrazó despacio, primero, y luego con más ganas. Estaba tímido.

Y sentí con sus dedos, que estaba todo bien. Que las cosas se acomodaban ante mis ojos, de manera tal que todo brillaba.

Me siento bien. Maravillosamente bien.

Fulgencio se ríe de algo. Se ve que el rayo lo tocó a él también.

viernes, 4 de abril de 2008

La rebelión Perruna

-Hola Fulgencio.
-¿Hola, que tal? ¡Me tiene ABANDONADO!

-Sí, lo sé. Es que he estado de viaje.

-No me diga ¿Para dónde fue?

-A Santiago de Chile a cumplir un sueño. Pero eso es tema de otras charlas.

Mi enano se ríe. Casi había olvidado como era su risa. Está más viejo me parece.

-Hace mucho que no me cuenta nada de su país- le digo- ¿Se le acabaron las historias?
-No, no es eso. Hace mucho que no viene por acá. Me anda engañando con Sísifo y con cuentos raros. Ahhhhh y el Maestro Medibacha le manda saludos.

-Sí, a él también lo tengo abandonado, ¿será que me estoy abandonando a mí mismo?

-Tal vez aunque a lo mejor lo estoy abandonando yo a usted.

-¿Sería capaz de eso?-lo miro a los ojos.

Fulgencio se ríe de nuevo. Se toma un mate. Mira al suelo. La boina hace una pirueta en su cabeza a punto de caer, pero se sostiene.

Tal vez- me dice mi demonio ceba mates- tal vez el que lo imagina soy yo y usted es falso. ¿No se le había cruzado por la cabeza?

-Demasiado Borges, Fulgencio, demasiado. Le va a hacer mal. Aparte, si usted me está imaginando, póngale empeño hombre. Parece una historia repetida ad nauseam. Siempre empieza igual: “Un hombre se despierta y le duele la espalda. Tose, como siempre, se acomoda los calzones y va al baño…” Me niego a ser fruto de una imaginación tan corta.

-¿Usted dice que tendría que hacer un taller Literario?

-A lo mejor le vienen bien y le despierta la imaginación.

-Veremos-me pasa el mate, hoy amargo con peperina (¡qué asco de yuyo!)- Quizás estoy obligado a continuar imaginándolo porque en definitiva me he encariñado con usted. Y cómo que no le estoy poniendo empeño. Imaginarlo para mí se está volviendo como rezar por las noches. Un acto reflejo.

La peperina me nubla la vista (así de asqueroso está el mate).
-Negociemos-le digo- Hagamos de cuenta que yo lo imagino y usted me imagina.
-Concedido.
- Cuénteme algo lindo
-Bueno

Fulgencio toma el mate entre sus manos y mientras lo llena me río pensando en que me acabo de robar una frase de alguien que quiero muchísimo…


La rebelión de los perros

"En mi país, como en todos lados, los enanos materos tenemos amigos entrañables: los perros.

Es un vínculo que se pierde en el tiempo, en los albores del tiempo. Algunos cuentan que cuando el supremo payador creo a Adán y Eva, con lo que sobró sólo alcanzó para hacer un perrito. O sea que somos prácticamente parientes.

Sin embargo no es de la creación de los pichichos, un tema ampliamente documentado, de lo que quiero hablar sino que quiero referirme a la Rebelión Perruna. Poco se sabe de ella pero se sospecha que los canes aún comentan en voz baja los detalles de esa trifulca.

Lo que yo sé me lo contó El Sultán, un ovejero alemán viejo que murió hace tiempo. A lo que me dijo me remito.

La tierra ya se había enfriado y el sol se había acostumbrado a alumbrar mucho en la mañana descansando para el final del día.

En la panza de una loma había un rancho y en el rancho vivía gente y entre la gente, a la altura de las rodillas más o menos, vivía El Bobby.

Feo, desganado, flacucho. ¿Para qué negarlo? Los perros no caen en la tontería de los hombres de creer que los héroes no tienen defectos.
Blanco con negro o Negro con blanco. Manchado de pecas de distinto tamaño. Hocico largo, afilado. Cola larga también.

Se pasaba los días echado, salvo cuando la familia comía. En esos momentos se lo veía moviendo la cola, mendigando un hueso, jugando competencias de reflejos con las manos que buscaban desesperadas, igual que él, ese pedazo de carne que se caía al suelo.

Era un perro normal. Amaba a sus amos, aunque no los entendiera, y los respetaba aunque no se lo merecieran. Había ganado privilegios de cama y podía dormir en la que quisiera. Los nenes se quejaban de que no los dejaba descanzar porque se ocupaba todo el catre pero igual, en la noche, lo llamaban para abrazarlo y soñar sueños compartidos.

Durmiendo lo encontró la mañana en que todo cambió. Mientras se estiraba en el catre, le llamó la atención no escuchar a nadie en la casa.

Se levantó y salió a tomar agua. Allí los encontró a todos. Formaban un semicírculo y le daban la espalda. Estaban con la mirada fija en algo que se movía en el suelo. De vez en cuando largaban una carcajada en conjunto, como si le hubieran contado un chiste.

Sorprendido, el Bobby, se metió entre las piernas del más pequeño de los hermanos para ver. ¡Y lo que vio!

En el centro, adornado con un gran moño azul, hacía las delicias de la familia un sapo enorme y gris.

Verlo y ladrarle fueron para él la misma cosa. ¿En qué cabeza cabía que ese animal repugnante hiciera reír a los humanos? ¿No era acaso él, un perro, el símbolo máximo de la relación del hombre con los animales, muy superior a ese sapo degenerado y baboso?

El Bobby estaba indignado y celoso. Pero se sintió dolido en su amor propio cuando se dio cuenta de que los nenes agarraban al sapo y lo llevaban a la casa. Incluso el hermano del medio le puso una correíta atada al moño azul y lo paseaba entre las piernas de los adultos.

Al Bobby la indignación se le fue a la garganta y, mordido por el orgullo, ladró a ese sapo intruso con todas sus fuerzas. Y a pesar del los gritos pidiéndole silencio, siguió ladrando hasta que hartos los amos lo echaron fuera del rancho.

Esto fue el colmo. ¿Echarlo a él? ¿Al perro de la casa sólo por defender a ese sapo de porquería?

El pichicho enfiló para la ciudad.

En este punto la historia se pierde. Se sabe que el Bobby comentó lo que le había pasado a otros perros que encontró y descubrieron con horror que los sapos estaban por todos lados, ocupando lo lugares de los perros. ¿Quién decidió la huelga? ¿Cómo se organizó? Son secretos guardados celosamente que el Sultán no quiso comentarme.
Lo cierto es que en una semana ”La Gran Huelga Canina” estaba en marcha.

En esos días oscuros sucedieron cosas que hielan la sangre repetir. Millones de perros se negaron a “dar la patita” o a “hacer el muertito”. Aumentó el índice de robos a las casa porque los canes no ladraban al ver a los ladrones. En las noches se organizaron brigadas de aulladores que no dejaban dormir a los vecinos. Comenzó una escasez de medias porque los pichichos rompían todos los pares que encontraban.

No claudicaron en su empeño ni siquiera cuando la perrera se empezó a llevar detenidos a los más alborotadores.

Los sapos, organizados por medio de claves secretas, contraatacaron y fueron lo más encantadores que pudieron. Daban la pata, croaban “La cumparsita”, croaban a los ladrones, pero nada de eso alcanzó.

La Rebelión de los Perros creció tanto que ya los humanos no podían ignorarla. Se preguntaban asombrados cuál podía ser la causa del comportamiento delictivo de los canes. Se sospechaba de enfermedades exóticas que había llegado de la china o de alguna bacteria en el alimento balanceado que los había enloquecido. Mientras se buscaban soluciones la crisis se agravó con la decisión de los perros de defecar en cualquier lado, preferentemente en las camas de sus amos.

El final llegó tan de pronto como el principio. Alguno de los hombres sugirió que la llegada de los sapos domésticos había sido la desencadenante de la huelga y la noticia corrió como reguero de pólvora.

Se vio entonces un espectáculo digno de ser contado como lo hizo el Sultán y como lo estoy haciendo yo ahora. Millones de sapos fueron arrojados de las casas y croaron su protesta en camino al charco. Se sabían vencidos. Nada podía interponerse entre los perros y el hombre. Volvieron a los pantanos y lagunas añorando los hogares perdidos...

Con el fin de la huelga volvió todo a la normalidad y los perros retornaron a sus casas.
El Bobby se dejó acariciar por todos nuevamente, menos por la patrona que todavía lo miraba con desconfianza por haberle llenado el edredón de caca.

Con el tiempo los hombres olvidaron la Rebelión y a los sapos. Pero los sapos, esos sí que no olvidan. Los sapos son rencorosos. Desde ese momento cuando ven pasar a una persona fingen indiferencia, para recordarles a los hombres que hubo una época en que eran amistosos, daban la patita y croaban “La cumparsita”, pero ese tiempo se ha perdido definitivamente."

Beso y Chirlo

domingo, 2 de marzo de 2008

Sísifo

Con el permiso de Perséfone (que vino en sueños, como siempre)


Sísifo

¿Son mis manos, acaso, esa cáscara dura,
que al llegar la Dedos Rosa con su nombre,
se vuelven parte tuya, en mágica hecatombe,
al sentir mis yemas en tu negrura?

He llegado a bendecir mi culpa,
y a alabar en Minos el placer de mi agonía,
en mis brazos tejo la inmortal elegía,
de la cual nunca se sabrá lo que se oculta;

que en el silencio, recito con placer tus nombres,
porque eres fuente, pero eres compañía,
porque rompes, desgarras y muestras con maestría,
el destino negro de los hombres.

Amada incólume, Piedra Mía.