Para P.B.
Hay un hombre. Esta parado sobre una mesa. Parece que quiere decirme algo, pero la visión es como la de una película muda. Trato de leerle los labios pero no lo consigo.
Es alto, pelirrojo y usa lentes. Tiene puesto un chaleco amarillo con rombos verdes. Por la forma de su cuerpo, el tejido se dobla haciéndolo parecer más bajo de los que es. Tiene zapatos marrones, cómodos, impecables. Parecen desprender una luz propia. Los lentes tienen un marco marrón oscuro con vetas negras.
Carga con grandes orejas y sus dientes son pequeños. Sigue tratando de decirme algo. Hace ademanes como cuando uno quiere hablar con un extranjero que desconoce el idioma. Esta transpirando. Ahora que me doy cuenta se lo ve muy nervioso.
El esfuerzo que realiza para tratar de comunicarse es físico más que mental. De ahí que transpire de esa manera. No puedo evitar pensar que el sudor es algo que no va con el aspecto refinado y pulcro del hombre.
Sigue gritando.
El sonido viene, pero es otra la voz que siento. Son risas que suenan. Y un murmullo. Como cuando alguien cuenta un chiste en un entierro.
El hombre también las escucha. Miro como mira, asombrado, hacia arriba dejándose sorprender por los sonidos.
Ha dejado de hablarme. Ahora parece que ha decidido tratar de discutir con las risas. Levanta su cabeza (con desesperación) y puedo ver como se hinchan las venas a los costados de su cuello. Parece que sus nervios son cables de acero.
Esta gritando y sudando. Gritando y saltando. Gritando y gesticulando.
Sin el sonido parece un mono que realiza un bailecito estúpido. Me pregunto qué estará diciendo.
Ha parado de hablar… no ahí empieza a vociferar de nuevo. Pero no lo hace hacia las voces, ni hacia mí. Esta gritando de miedo.
Mira el suelo, debajo de la mesa, como si algo se arrastrara por el piso. Se aleja del borde con tanta violencia que sus lentes caen. Ha cambiado su color como una moneda vieja. Si lo miro de reojo lo veo tiritar. Tiene miedo. Tiene pánico.
Ahora se saca un zapato y lo lanza con furia hacia abajo, hacia el suelo. Esta tratando de acertarle a algo. No lo ha hecho. Se saca el otro zapato y lo vuelve a lanzar. Retrocede en la mesa.
Se acurruca en el borde. Esta llorando. Esta murmurando algo. Se mueve hacia atrás y hacia delante, como los locos de las películas. Ahora cierra los ojos.
Detrás de él se eleva una cabeza, La Cabeza, monstruosa. Se arquea hacia atrás, muestra sus dientes y cae sobre la nuca del hombre que se desploma casi inerte. De vez en cuando da una sacudida o mueve un pie.
La Cabeza enrosca su cuerpo alado y escamoso sobre el cadáver y lo arrastra debajo de la mesa. Deja un charco de sangre de forma extraña, como cuando uno trata de limpiar la mermelada que cae sobre el mantel y no lo consigue.
Desconecto la pantalla y me preparo para bajar.
Es mi turno de comer.
viernes, 8 de febrero de 2008
For absent friends
-Hola.
-Hola.
-¿Quiere tomarse unos mates?
-Claro, si usted lo ceba.
-¿Para eso estamos no?
Y la verdad que ya no se bien para qué esté Fulgencio. Verán, el cebarme mate es su misión, pero yo creo que en realidad nació para que no me quede solo. Se lo extraña. Si bien muchas veces no transcribo lo que charlamos, sepan que es él el que me dicta la mayoría los cuentos que se leen.
-¿Qué le anda pasando que esta tan callando?- me pregunta mientras le hecha agua a la calabaza. Fulgencio mira para otro lado cuando pregunta cosas que sabe que son complicadas, como si le diera miedo enfrentarse a mis ojos.
-Y, acá andamos. Un poco aturdido- le digo.
-¿Se puede saber por qué?
-No se haga el tonto- rezongo-. Usted ya sabe lo que me anda pasando, sino no lo hiciera hablaría muy mal de usted como amigo.
Fulgencio se ríe. Sigue mirando hacia la pared, pero de vez en cuando me lanza los dardos que tiene por ojos.
La luz entra por la ventana, afuera esta nublado. Tiene un tono gris. A lo lejos, a través del vidrio, se puede ver la fila de hormigas metálicas que son los autos. Cada uno con su pequeña boca que escupe humo y su ronquido. Llevan en su espalda la carga de hombres, mujeres y niños. Parecen doblarse con el peso. Se los ve malhumorados.
Sigo mirando por la ventana, conciente de que Fulgencio me observa a su vez. Una nube cambia de lugar y los rayos del sol actúan como penetrantes faros en la gris mañana. Parece que Febo esta buscando a alguien, o a algo, que no puede encontrar. Ilumina aquí, ilumina allá.
Le doy un sorbo al mate y prosigo la observación. Siento como el calor baja por mi cuello, se detiene un rato en mi nuez de adán y se pierde para siempre bajando cada vez más.
Entonces pasa lo que estoy tratando de evitar desde que comencé a hablar con Fulgencio. Pasa lo inevitable. Me pregunto que estarán viendo esos ojos, perdidos en un país extraño.
Me los imagino mirando un paisaje, gris como el mío, bastante desolado. Me los imagino, observando las hileras interminables de autos que llevan su carga de gritos y olor. A tal punto me compenetro que ya no sé si soy yo el que veo, si es él el que añora un amigo perdido o si somos los dos los que compartimos una mirada sobre el mundo, gris y algo patética.
-Lo que está lejos, no esta perdido. Solamente esta lejos. Me dice Fulgencio.
-No es eso- le contesto. Extraño a mis amigos. No extraño el reírme con ellos, no extraño tenerlos cerca. Extraño saber que, esos ojos que ahora están lejos, miran al mundo de la misma manera que lo hago yo. Puede ser una visión gris algunas veces, pero no deja de ser bella.
Fulgencio recibe mi ofrenda del mate vacío. Sabe que hay poco que se pueda decir. Me parece que esta pensando en sus propios amigos.
Amigos míos, si leen esto sepan que se los extraña. No tienen idea lo difícil que es conseguir gente que comparta conmigo la visión del mundo. Un poco porque yo soy muy raro (aceptémoslo) y otro poco porque el mundo es un camaleón que no se cansa de cambiar de colores.
Sepan también que el solo hecho de que existan me sigue dando ánimos para buscar gente que comparta la realidad que creamos juntos. Pero que sin embargo los extraño. Mucho.
-Al menos lo tengo a usted Fulgencio. Sino me volvería loco.
-Al menos lo tengo a usted para cebarle mate. Sino me volvería loco.
Y nos quedamos así, tomando y cebando. Juntos pero solos, sabiendo siempre que él posee mucho de ellos. Esos que nos están y que añoro. Sabiendo que aunque estemos los dos, en realidad estoy yo solo.
-Hola.
-¿Quiere tomarse unos mates?
-Claro, si usted lo ceba.
-¿Para eso estamos no?
Y la verdad que ya no se bien para qué esté Fulgencio. Verán, el cebarme mate es su misión, pero yo creo que en realidad nació para que no me quede solo. Se lo extraña. Si bien muchas veces no transcribo lo que charlamos, sepan que es él el que me dicta la mayoría los cuentos que se leen.
-¿Qué le anda pasando que esta tan callando?- me pregunta mientras le hecha agua a la calabaza. Fulgencio mira para otro lado cuando pregunta cosas que sabe que son complicadas, como si le diera miedo enfrentarse a mis ojos.
-Y, acá andamos. Un poco aturdido- le digo.
-¿Se puede saber por qué?
-No se haga el tonto- rezongo-. Usted ya sabe lo que me anda pasando, sino no lo hiciera hablaría muy mal de usted como amigo.
Fulgencio se ríe. Sigue mirando hacia la pared, pero de vez en cuando me lanza los dardos que tiene por ojos.
La luz entra por la ventana, afuera esta nublado. Tiene un tono gris. A lo lejos, a través del vidrio, se puede ver la fila de hormigas metálicas que son los autos. Cada uno con su pequeña boca que escupe humo y su ronquido. Llevan en su espalda la carga de hombres, mujeres y niños. Parecen doblarse con el peso. Se los ve malhumorados.
Sigo mirando por la ventana, conciente de que Fulgencio me observa a su vez. Una nube cambia de lugar y los rayos del sol actúan como penetrantes faros en la gris mañana. Parece que Febo esta buscando a alguien, o a algo, que no puede encontrar. Ilumina aquí, ilumina allá.
Le doy un sorbo al mate y prosigo la observación. Siento como el calor baja por mi cuello, se detiene un rato en mi nuez de adán y se pierde para siempre bajando cada vez más.
Entonces pasa lo que estoy tratando de evitar desde que comencé a hablar con Fulgencio. Pasa lo inevitable. Me pregunto que estarán viendo esos ojos, perdidos en un país extraño.
Me los imagino mirando un paisaje, gris como el mío, bastante desolado. Me los imagino, observando las hileras interminables de autos que llevan su carga de gritos y olor. A tal punto me compenetro que ya no sé si soy yo el que veo, si es él el que añora un amigo perdido o si somos los dos los que compartimos una mirada sobre el mundo, gris y algo patética.
-Lo que está lejos, no esta perdido. Solamente esta lejos. Me dice Fulgencio.
-No es eso- le contesto. Extraño a mis amigos. No extraño el reírme con ellos, no extraño tenerlos cerca. Extraño saber que, esos ojos que ahora están lejos, miran al mundo de la misma manera que lo hago yo. Puede ser una visión gris algunas veces, pero no deja de ser bella.
Fulgencio recibe mi ofrenda del mate vacío. Sabe que hay poco que se pueda decir. Me parece que esta pensando en sus propios amigos.
Amigos míos, si leen esto sepan que se los extraña. No tienen idea lo difícil que es conseguir gente que comparta conmigo la visión del mundo. Un poco porque yo soy muy raro (aceptémoslo) y otro poco porque el mundo es un camaleón que no se cansa de cambiar de colores.
Sepan también que el solo hecho de que existan me sigue dando ánimos para buscar gente que comparta la realidad que creamos juntos. Pero que sin embargo los extraño. Mucho.
-Al menos lo tengo a usted Fulgencio. Sino me volvería loco.
-Al menos lo tengo a usted para cebarle mate. Sino me volvería loco.
Y nos quedamos así, tomando y cebando. Juntos pero solos, sabiendo siempre que él posee mucho de ellos. Esos que nos están y que añoro. Sabiendo que aunque estemos los dos, en realidad estoy yo solo.
lunes, 4 de febrero de 2008
Mirar a un sol, con los ojos cerrados.
Pidiéndole permiso a Fulgencio, le cuento algo que surgió de mis sueños:
Mirar a un sol, con los ojos cerrados.
"Se levantó por fin sorprendido por el cansancio que sentía. La bruma le lamía los pies. La cama, su cama, se balanceaba en la cima de una montaña (una que no estaba al irse a dormir). Parecía que el macizo de granito portaba un lecho como sombrero y un hombre sentado en ella, como un prendedor.
"Uno" contó en voz alta. Y los bordes de su visión se doblaron como cuando el viento trata de dar vuelta la página del diario abandonado que lee.
"Dos" prosiguió, y detrás de la realidad que se tambaleaba y comenzaba a plegarse, vio el espacio púrpura que vive entre las estrellas.
"Tres" dijo en voz alta.
Se asombró de que no le doliera cuando, con un crujido de cartón, el universo se contrajo sobre sí mismo y se lo engulló. Se sintió más bien resbalarse por una garganta de irrealidad. Una grieta en el diseño perfeccionista divino. De alguna manera, era tranquilizador caer.
Seguir
C
A
Y
E
N
D
O
y desaparecer. Sin sorna. Sin presión. Lentamente, como llega la mañana.
"Cuatro" dijo una voz, entre los planetas, rebotando en infinitos espacios de color púrpura..."
1.
La mañana tiene sus aristas. Sobre todo si ya no se sabe por dónde sale el sol. Digamos que el Astro Rey, el Emperador Radiante, se conformaba con lanzar sus dedos sobre el conglomerado edilicio que era la ciudad. Una ciudad que, sobre todo por las mañanas, daba la sensación de que era un gigante despertando, estirando sus entumecidos miembros contra el relieve. Bostezando, aireando sus dientes. Eructando los restos de lo que había sido la noche. Confundido y soñoliento.
El matutino placer del sol, era cortado y reflejado por los edificios que se iban acumulando.
El hombre despertó en su piso 23. No fue gradual, no fue pacífico. Fue como si lo hubieran desconectado de su subconsciente (o lo hubieran enchufado a la línea de alta tensión de la realidad). De pronto supo que sus pies eran reales. Estaban ahí. Los vio asomados debajo de la sábana.
Sintió el Tic-Tac, que son los ronquidos del reloj, que le gritaban “rápido, rápido, rápido”.
La luz era gris, a pesar de ser matutina. El aire era fresco, pero tenía un dejo de olor extraño. Como una piña de pino o como las manos de un amigo. Era un olor que lo llevaba a otros lados. Pero era normal que pasara esto, porque lo había planeado así.
Seguía mirando la punta de su dedo gordo. Lo recorría con sus ojos sin mover la cabeza.
Se decía a si mismo: “Este dedo, mocho, chato, con su uña blanco perla, es una de mis raíces a la realidad. Es el responsable de que me sostenga de pie ante mi mundo. Este dedo, feo, amarillento, es el gran hacedor de mi destino dentro de mi dimensión. Si no existiera flotaría por el universo perceptivo como un globo suelto. Si es que en el espacio intersolar existen los globos…”
Se acurrucó como si fuera a lanzarse hacia delante y le gritó a sus pies: “ustedes no existen, no son nada. No quiero que cumplan más su labor. Libérenme de este mundo sin magia. Que sea yo el que viaje, el que moldee todo.
Por su culpa, pies míos, me alejé de volar…”
Entonces su cuarto se tambaleó dentro de su mente, dentro de su mundo. En los bordes de su vista, se acumuló tensión que arrugó la cama, la sábana y sus pies. Se velo su frente de bruma, que se fue espesando.
Fue conciente de cómo la niebla se introducía, plácidamente primero, luego a raudales, por su nariz y su boca. Lo hinchaban, pero le quitaban peso.
El tic-tac se fue diluyendo como si se lo hubieran arrebatado o alguien, en un ataque de nervios, le hubiera gritado al reloj que se callara. La niebla condensó nubladole los ojos. Cada vez más espesa, opresiva.
Se sintió deambular.
La negrura se volvió púrpura y se fue iluminando en la parte inferior pasando del violeta al rojo oscuro, el mismo que uno ve cuando cierra los ojos al mirar el sol. Sintió sobre su rostro el escozor, la picazón de una luz.
Entonces descubrió que no estaba ciego, sino con los ojos cerrados. Y al tratar de abrirlos, con un fuerte chasquido, su cuarto, sábana y pies, volvieron a él.
Pero volvieron con el dolor.
Mientras gritaba y se desmayaba sobre la almohada, ahora manchada de sangre, sintió el temblor de sus manos y su cuerpo. Como si un latido gigante hubiera estado cerca de él y sus miembros repitieran el sonido que los había maravillado.
2.
Un mechón de pelo le cayó sobre los ojos. Se lo acomodó detrás de la oreja y prosiguió con su juego favorito. Mientras el tren se deslizaba por los rieles y él miraba por la ventana, trataba de engañar a su cerebro para que creyera que lo que se movía era la ciudad y no él. Cuando lo lograba era como si se estuviera deslizando en un río artificial que le gritaba su “adiós” de civilidad en la cara.
Era más fácil llegar a su trabajo de esta manera. Era más fácil vivir su vida de esta manera, imaginando que lo que es no era y que lo que debía ser, sería distinto.
El bufido de los frenos lo trajo a la realidad. Se bajo del tren, tomó su paraguas pero no lo abrió. Dejo que la lluvia le golpeara la cara. Al salir tropezó con una mujer cargada de paquetes que sólo soltó una queja.
Desde la vía del tren, que era la espina dorsal de la ciudad, debía caminar bastante para llegar a su trabajo. A su oficina. Sonrió al pensar en “su oficina”, ya que, como todos, se había adueñado de algo que no le correspondía. Y peor aún. Se había adueñado de algo que no quería poseer.
Lo edificios se levantaban a su paso. Eran como mástiles que enarbolaban la bandera de la frialdad. Eran bellos, como un témpano y en su conjunto daban la sensación de un glaciar. Como si en el pecho de una llanura de hielo se hubiera abierto un canal por el que circulaba la gente.
Caminaba por la avenida, apretando el paso. Recibía los salivazos de la lluvia estoicamente en su cara. La ofrecía a la tormenta. Le gritaba en silencio con su frente en alta “¡Acá estoy!, dame tu mejor golpe”. Sabía que la lluvia no era violenta por naturaleza, por eso la desafiaba.
Llegó a “su edificio” y entró. Un escalofrío recorrió su espalda al darse cuenta que la mole de vidrio y vigas se lo había devorado y ni siquiera lo había paladeado. Así era todo en aquel tiempo. Tragar sin saber que gusto tiene la vida, que gusto tienen las personas.
Cuando llegó al ascensor, se acomodó lo mejor que pudo entre los que subían. No quería hablar con nadie y, como no sabía como evitar las miradas, hizo lo único que podía. Bajo la cabeza.
Descubrió que en la cadena alimenticia de la formalidad y el progreso que representaban los edificios, el tren, su trabajo y muchas otras cosas, sus pies habían sucumbido al depredador de los zapatos.
La luz del ascensor se reflejó en el charol. Se volvió púrpura. Le golpeó en los ojos y le arrancó la piel.
El color lo fue cubriendo. Volvió a tener conciencia de que estaba con los ojos cerrados, pero el recuerdo del dolor pasado en su habitación, le sugirió que no intentara abrirlos.
La gente a su alrededor se había desecho, como cuando uno tira un puñado de arena al viento. Sintió que sus granos, los granos de lo que había sido sus compañeros de viaje, le golpeaban la nuca y el cuerpo. Descubrió algo más sobre sí mismo. Estaba desnudo e iba al encuentro de la luz púrpura. Viajaba. Se dio cuenta porque oía el gemido de las estrellas pasar a su lado. Estaba en el espacio y viajaba hacia una luz púrpura…
El sonido del ascensor al llegar al piso 20 lo trajo de nuevo.
Un hilillo de sangre corría entre sus orificios nasales y su boca., Sintió el gusto a hierro hemático. Pero no le importó.
Estaba embriagado por la sensación de viaje y por el canto de las estrellas que pastaban a sus espaldas.
Se limpió con el dorso de la mano y se dirigió a su lugar de trabajo.
3.
Ante todo estaba la repugnancia. El hecho de estar preguntándose cada 2 segundos qué carajo hacía en ese lugar con esa gente. Eran como babosas, cada frase que decían impregnaba todo de una saliva verde de vulgaridad. Era insoportable, sentía la presión en el fondo de su cerebro, la indignación, la necesidad de salir corriendo de ahí. Quería gritarles a la cara lo vacías y despreciables que eran para él. Lo miserable de sus miserias y lo asqueante de sus bellezas. Eran como un perfume demasiado desequilibrado en su composición. Embotaba los sentidos, repugnaba y asustaba. Amenazaba con ahogarlo. Quería gritar.
Sus labios solo esbozaron una sonrisa. Con educada civilidad, se levantó y se excusó para ir al baño.
Se alejó de la mesa como un bandido que está robando un diamante y pasa en frente de un coche de policías. Se obligaba a no correr.
Había accedido a la reunión con sus amigos para tratar de evitar pensar en el color púrpura y en el canto de las estrellas. Y si bien se creyó capaz de soportarlos, la insistencia en la futilidad que demostraban había calado hondo en su sentido de la repugnancia.
Llego al baño que lo recibió con su estudiada higiene y su olor a hospital. Se dirigió al espejo y al agua, dónde se lavó tratando de limpiarse de las manchas cerebrales que le habían producido. El hedor no se iba.
Se llenó el hueco de las manos con agua y cerró los ojos para estrellárselo en la cara. En la oscuridad mientras las gotas lo besaban, vio al color púrpura resbalar y devorar al negro.
Le vino el eco del canto de las estrellas que pasaban. Estaba otra vez viajando con los ojos cerrados, hacia la luz. Estaba desnudo. Fue conciente de su cuerpo viajando sin peso.
Sintió sus piernas, pero le pareció que era una más corta que la otra. Cuando trató de reconocer sus pies descubrió que no tenían dedos.
Sorprendido siguió recorriendo interiormente su cuerpo, volviendo conciente cada sensación de cada parte. Resultó que tenía más brazos de los que recordaba.
Además de los 2 clásicos que venían con el cuerpo, humano, que le tocó, existían 2 más. Eran musculosos pero cortos, con 3 dedos cada uno.
Su pecho era más pequeño y con forma triangular. Su nariz había desaparecido y había dejado sólo una marca como señal de su paso. Sus orejas se habían ido con ella.
Sin embargo aún escuchaba el canto, la llamada mejor dicho, de las estrellas. Sobre el coro que cantaba un murmullo ininteligible, se elevaba una voz poderosa. Una voz que recitaba algo que no podía entender.
Supo que se aceleraba su viaje, que se acercaba con infinita felicidad al lugar al que viajaba. Supo que estaba entrando en la atmósfera de un planeta. Sintió el frío azotarle la cara a medida que atravesaba las capas del fluido para acercarse más y más a la fuente el canto. El sonido lo envolvía, lo llenaba. Parecía que su corazón iba a implotar de felicidad, llevándose al universo entero con él.
Aceleró aún más sintiendo que se desesperaba por llegar a la fuente y unirse al canto.
La puerta del baño se abrió y lo sobresaltó. El agua aún le goteaba sobre el rostro y se entremezclaba con las lágrimas. La opresión volvió a morderle la nuca.
4
Estaba desnudo, acuclillado encima de su cama. Se concentraba fieramente, con desesperación en sus pies. Las raíces de su realidad. Estaba tratando de volver a ver el color púrpura. Pero no lo podía lograr.
El canto de las estrellas resonaba en su mente, como si un duende diminuto lo recitara en el edificio vacío de su cabeza.
Lloraba de frustración. Con rabia. Necesitaba volver. Necesitaba regresar y culminar su viaje.
Cansado, descorazonado, bajó de su cama. Empezó a caminar por su pieza.
Contaba su pasos. Casi podía observar como las ondas de presión que dejaban sus pies se expandían y transmitían a todo el suelo debajo de él hacia abajo. 23 pisos.
El viento jugó con la cortina de su ventana, una ventana grande, dejando ver la sonrisa de la noche, picada por las luces de la ciudad.
Se acercó a la abertura. No corrió la tela blanca sino que trató de atravesarla, cerrando los ojos una vez más, deseando recorrer nuevamente el espacio, con el canto de las estrellas a su espalda.
Sus pasos se aceleraron mientras tropezaba y caía. Sonaron como un tambor de cuero. El rasguido de la cortina lo asustó, pero lo que lo aterrorizó era el sentirla golpeándole la cara y el cuerpo desnudo mientras la gravedad lo atraía. Gritó. Luchó por su vida. Mientras el suelo se acercaba, mientras su cuerpo recorría los 23 pisos que lo acercaban al suelo, notó que la luz a través de la sábana era de color púrpura. Como cuando uno mira al sol con los ojos cerrados.
Entonces la caída se transformó en viaje. Un viaje recorriendo espacios siderales…
Las luces de los pisos que dejaba detrás, eran los rostros de las estrellas…
La distancia se dilató, mientras su grito se transformaba en el rezo del coro estelar que adornaba el llamado…
Supo que su cuerpo viejo, con sus dos brazos, se encogía preparándose para el impacto. Pero no lo pudo remediar...
Sintió su cuerpo nuevo hincharse de alegría preparándose para un aterrizaje con menos gravedad de la habitual…
Vio venir la acera, los autos, la gente que sorprendida mira hacia arriba al descubrir su grito en el cielo. El sonido que emanaba de una mancha negra que caía, envuelta en una tela blanca…
Aceleró con placer al acercarse a su planeta, ahora lo sabía, que lo estaba esperando.
Cruzó la atmósfera, dejando un zumbido que adornaba el canto que sentía y que lo llevaba. Se preparó para llegar…
Atravesó el último piso a una velocidad increíble, pidiendo, rogando al cielo que no doliera tanto, que no fuera real el suelo que se le venía encima…
El golpe lo aturdió, sintió como su cuerpo viejo se desarmaba en un millón de partes con infinito dolor. Supo que estaba sobre su sangre que se mezclaba con la tela de la cortina tiñéndola de un color rojo oscuro. Se dejó tragar por la negrura que avanzaba. Colocado como un muñeco de tela. Abandonado sobre la calle.
Sintió que sus pies sin dedos se posaban sobre su tierra nueva y el canto de las estrellas se hizo enorme, megalítico.
Sonrío, porque entendía lo que le decían. Comprendía su significado de bienvenida...
Sonrío tendido en la acera, reventado como un ave atropellada…
Feliz, dejo que el aire de su pecho inflara una burbuja rojiza sin reventarla…
Feliz, pleno de la luz púrpura, abrió los ojos…
Mirar a un sol, con los ojos cerrados.
"Se levantó por fin sorprendido por el cansancio que sentía. La bruma le lamía los pies. La cama, su cama, se balanceaba en la cima de una montaña (una que no estaba al irse a dormir). Parecía que el macizo de granito portaba un lecho como sombrero y un hombre sentado en ella, como un prendedor.
"Uno" contó en voz alta. Y los bordes de su visión se doblaron como cuando el viento trata de dar vuelta la página del diario abandonado que lee.
"Dos" prosiguió, y detrás de la realidad que se tambaleaba y comenzaba a plegarse, vio el espacio púrpura que vive entre las estrellas.
"Tres" dijo en voz alta.
Se asombró de que no le doliera cuando, con un crujido de cartón, el universo se contrajo sobre sí mismo y se lo engulló. Se sintió más bien resbalarse por una garganta de irrealidad. Una grieta en el diseño perfeccionista divino. De alguna manera, era tranquilizador caer.
Seguir
C
A
Y
E
N
D
O
y desaparecer. Sin sorna. Sin presión. Lentamente, como llega la mañana.
"Cuatro" dijo una voz, entre los planetas, rebotando en infinitos espacios de color púrpura..."
1.
La mañana tiene sus aristas. Sobre todo si ya no se sabe por dónde sale el sol. Digamos que el Astro Rey, el Emperador Radiante, se conformaba con lanzar sus dedos sobre el conglomerado edilicio que era la ciudad. Una ciudad que, sobre todo por las mañanas, daba la sensación de que era un gigante despertando, estirando sus entumecidos miembros contra el relieve. Bostezando, aireando sus dientes. Eructando los restos de lo que había sido la noche. Confundido y soñoliento.
El matutino placer del sol, era cortado y reflejado por los edificios que se iban acumulando.
El hombre despertó en su piso 23. No fue gradual, no fue pacífico. Fue como si lo hubieran desconectado de su subconsciente (o lo hubieran enchufado a la línea de alta tensión de la realidad). De pronto supo que sus pies eran reales. Estaban ahí. Los vio asomados debajo de la sábana.
Sintió el Tic-Tac, que son los ronquidos del reloj, que le gritaban “rápido, rápido, rápido”.
La luz era gris, a pesar de ser matutina. El aire era fresco, pero tenía un dejo de olor extraño. Como una piña de pino o como las manos de un amigo. Era un olor que lo llevaba a otros lados. Pero era normal que pasara esto, porque lo había planeado así.
Seguía mirando la punta de su dedo gordo. Lo recorría con sus ojos sin mover la cabeza.
Se decía a si mismo: “Este dedo, mocho, chato, con su uña blanco perla, es una de mis raíces a la realidad. Es el responsable de que me sostenga de pie ante mi mundo. Este dedo, feo, amarillento, es el gran hacedor de mi destino dentro de mi dimensión. Si no existiera flotaría por el universo perceptivo como un globo suelto. Si es que en el espacio intersolar existen los globos…”
Se acurrucó como si fuera a lanzarse hacia delante y le gritó a sus pies: “ustedes no existen, no son nada. No quiero que cumplan más su labor. Libérenme de este mundo sin magia. Que sea yo el que viaje, el que moldee todo.
Por su culpa, pies míos, me alejé de volar…”
Entonces su cuarto se tambaleó dentro de su mente, dentro de su mundo. En los bordes de su vista, se acumuló tensión que arrugó la cama, la sábana y sus pies. Se velo su frente de bruma, que se fue espesando.
Fue conciente de cómo la niebla se introducía, plácidamente primero, luego a raudales, por su nariz y su boca. Lo hinchaban, pero le quitaban peso.
El tic-tac se fue diluyendo como si se lo hubieran arrebatado o alguien, en un ataque de nervios, le hubiera gritado al reloj que se callara. La niebla condensó nubladole los ojos. Cada vez más espesa, opresiva.
Se sintió deambular.
La negrura se volvió púrpura y se fue iluminando en la parte inferior pasando del violeta al rojo oscuro, el mismo que uno ve cuando cierra los ojos al mirar el sol. Sintió sobre su rostro el escozor, la picazón de una luz.
Entonces descubrió que no estaba ciego, sino con los ojos cerrados. Y al tratar de abrirlos, con un fuerte chasquido, su cuarto, sábana y pies, volvieron a él.
Pero volvieron con el dolor.
Mientras gritaba y se desmayaba sobre la almohada, ahora manchada de sangre, sintió el temblor de sus manos y su cuerpo. Como si un latido gigante hubiera estado cerca de él y sus miembros repitieran el sonido que los había maravillado.
2.
Un mechón de pelo le cayó sobre los ojos. Se lo acomodó detrás de la oreja y prosiguió con su juego favorito. Mientras el tren se deslizaba por los rieles y él miraba por la ventana, trataba de engañar a su cerebro para que creyera que lo que se movía era la ciudad y no él. Cuando lo lograba era como si se estuviera deslizando en un río artificial que le gritaba su “adiós” de civilidad en la cara.
Era más fácil llegar a su trabajo de esta manera. Era más fácil vivir su vida de esta manera, imaginando que lo que es no era y que lo que debía ser, sería distinto.
El bufido de los frenos lo trajo a la realidad. Se bajo del tren, tomó su paraguas pero no lo abrió. Dejo que la lluvia le golpeara la cara. Al salir tropezó con una mujer cargada de paquetes que sólo soltó una queja.
Desde la vía del tren, que era la espina dorsal de la ciudad, debía caminar bastante para llegar a su trabajo. A su oficina. Sonrió al pensar en “su oficina”, ya que, como todos, se había adueñado de algo que no le correspondía. Y peor aún. Se había adueñado de algo que no quería poseer.
Lo edificios se levantaban a su paso. Eran como mástiles que enarbolaban la bandera de la frialdad. Eran bellos, como un témpano y en su conjunto daban la sensación de un glaciar. Como si en el pecho de una llanura de hielo se hubiera abierto un canal por el que circulaba la gente.
Caminaba por la avenida, apretando el paso. Recibía los salivazos de la lluvia estoicamente en su cara. La ofrecía a la tormenta. Le gritaba en silencio con su frente en alta “¡Acá estoy!, dame tu mejor golpe”. Sabía que la lluvia no era violenta por naturaleza, por eso la desafiaba.
Llegó a “su edificio” y entró. Un escalofrío recorrió su espalda al darse cuenta que la mole de vidrio y vigas se lo había devorado y ni siquiera lo había paladeado. Así era todo en aquel tiempo. Tragar sin saber que gusto tiene la vida, que gusto tienen las personas.
Cuando llegó al ascensor, se acomodó lo mejor que pudo entre los que subían. No quería hablar con nadie y, como no sabía como evitar las miradas, hizo lo único que podía. Bajo la cabeza.
Descubrió que en la cadena alimenticia de la formalidad y el progreso que representaban los edificios, el tren, su trabajo y muchas otras cosas, sus pies habían sucumbido al depredador de los zapatos.
La luz del ascensor se reflejó en el charol. Se volvió púrpura. Le golpeó en los ojos y le arrancó la piel.
El color lo fue cubriendo. Volvió a tener conciencia de que estaba con los ojos cerrados, pero el recuerdo del dolor pasado en su habitación, le sugirió que no intentara abrirlos.
La gente a su alrededor se había desecho, como cuando uno tira un puñado de arena al viento. Sintió que sus granos, los granos de lo que había sido sus compañeros de viaje, le golpeaban la nuca y el cuerpo. Descubrió algo más sobre sí mismo. Estaba desnudo e iba al encuentro de la luz púrpura. Viajaba. Se dio cuenta porque oía el gemido de las estrellas pasar a su lado. Estaba en el espacio y viajaba hacia una luz púrpura…
El sonido del ascensor al llegar al piso 20 lo trajo de nuevo.
Un hilillo de sangre corría entre sus orificios nasales y su boca., Sintió el gusto a hierro hemático. Pero no le importó.
Estaba embriagado por la sensación de viaje y por el canto de las estrellas que pastaban a sus espaldas.
Se limpió con el dorso de la mano y se dirigió a su lugar de trabajo.
3.
Ante todo estaba la repugnancia. El hecho de estar preguntándose cada 2 segundos qué carajo hacía en ese lugar con esa gente. Eran como babosas, cada frase que decían impregnaba todo de una saliva verde de vulgaridad. Era insoportable, sentía la presión en el fondo de su cerebro, la indignación, la necesidad de salir corriendo de ahí. Quería gritarles a la cara lo vacías y despreciables que eran para él. Lo miserable de sus miserias y lo asqueante de sus bellezas. Eran como un perfume demasiado desequilibrado en su composición. Embotaba los sentidos, repugnaba y asustaba. Amenazaba con ahogarlo. Quería gritar.
Sus labios solo esbozaron una sonrisa. Con educada civilidad, se levantó y se excusó para ir al baño.
Se alejó de la mesa como un bandido que está robando un diamante y pasa en frente de un coche de policías. Se obligaba a no correr.
Había accedido a la reunión con sus amigos para tratar de evitar pensar en el color púrpura y en el canto de las estrellas. Y si bien se creyó capaz de soportarlos, la insistencia en la futilidad que demostraban había calado hondo en su sentido de la repugnancia.
Llego al baño que lo recibió con su estudiada higiene y su olor a hospital. Se dirigió al espejo y al agua, dónde se lavó tratando de limpiarse de las manchas cerebrales que le habían producido. El hedor no se iba.
Se llenó el hueco de las manos con agua y cerró los ojos para estrellárselo en la cara. En la oscuridad mientras las gotas lo besaban, vio al color púrpura resbalar y devorar al negro.
Le vino el eco del canto de las estrellas que pasaban. Estaba otra vez viajando con los ojos cerrados, hacia la luz. Estaba desnudo. Fue conciente de su cuerpo viajando sin peso.
Sintió sus piernas, pero le pareció que era una más corta que la otra. Cuando trató de reconocer sus pies descubrió que no tenían dedos.
Sorprendido siguió recorriendo interiormente su cuerpo, volviendo conciente cada sensación de cada parte. Resultó que tenía más brazos de los que recordaba.
Además de los 2 clásicos que venían con el cuerpo, humano, que le tocó, existían 2 más. Eran musculosos pero cortos, con 3 dedos cada uno.
Su pecho era más pequeño y con forma triangular. Su nariz había desaparecido y había dejado sólo una marca como señal de su paso. Sus orejas se habían ido con ella.
Sin embargo aún escuchaba el canto, la llamada mejor dicho, de las estrellas. Sobre el coro que cantaba un murmullo ininteligible, se elevaba una voz poderosa. Una voz que recitaba algo que no podía entender.
Supo que se aceleraba su viaje, que se acercaba con infinita felicidad al lugar al que viajaba. Supo que estaba entrando en la atmósfera de un planeta. Sintió el frío azotarle la cara a medida que atravesaba las capas del fluido para acercarse más y más a la fuente el canto. El sonido lo envolvía, lo llenaba. Parecía que su corazón iba a implotar de felicidad, llevándose al universo entero con él.
Aceleró aún más sintiendo que se desesperaba por llegar a la fuente y unirse al canto.
La puerta del baño se abrió y lo sobresaltó. El agua aún le goteaba sobre el rostro y se entremezclaba con las lágrimas. La opresión volvió a morderle la nuca.
4
Estaba desnudo, acuclillado encima de su cama. Se concentraba fieramente, con desesperación en sus pies. Las raíces de su realidad. Estaba tratando de volver a ver el color púrpura. Pero no lo podía lograr.
El canto de las estrellas resonaba en su mente, como si un duende diminuto lo recitara en el edificio vacío de su cabeza.
Lloraba de frustración. Con rabia. Necesitaba volver. Necesitaba regresar y culminar su viaje.
Cansado, descorazonado, bajó de su cama. Empezó a caminar por su pieza.
Contaba su pasos. Casi podía observar como las ondas de presión que dejaban sus pies se expandían y transmitían a todo el suelo debajo de él hacia abajo. 23 pisos.
El viento jugó con la cortina de su ventana, una ventana grande, dejando ver la sonrisa de la noche, picada por las luces de la ciudad.
Se acercó a la abertura. No corrió la tela blanca sino que trató de atravesarla, cerrando los ojos una vez más, deseando recorrer nuevamente el espacio, con el canto de las estrellas a su espalda.
Sus pasos se aceleraron mientras tropezaba y caía. Sonaron como un tambor de cuero. El rasguido de la cortina lo asustó, pero lo que lo aterrorizó era el sentirla golpeándole la cara y el cuerpo desnudo mientras la gravedad lo atraía. Gritó. Luchó por su vida. Mientras el suelo se acercaba, mientras su cuerpo recorría los 23 pisos que lo acercaban al suelo, notó que la luz a través de la sábana era de color púrpura. Como cuando uno mira al sol con los ojos cerrados.
Entonces la caída se transformó en viaje. Un viaje recorriendo espacios siderales…
Las luces de los pisos que dejaba detrás, eran los rostros de las estrellas…
La distancia se dilató, mientras su grito se transformaba en el rezo del coro estelar que adornaba el llamado…
Supo que su cuerpo viejo, con sus dos brazos, se encogía preparándose para el impacto. Pero no lo pudo remediar...
Sintió su cuerpo nuevo hincharse de alegría preparándose para un aterrizaje con menos gravedad de la habitual…
Vio venir la acera, los autos, la gente que sorprendida mira hacia arriba al descubrir su grito en el cielo. El sonido que emanaba de una mancha negra que caía, envuelta en una tela blanca…
Aceleró con placer al acercarse a su planeta, ahora lo sabía, que lo estaba esperando.
Cruzó la atmósfera, dejando un zumbido que adornaba el canto que sentía y que lo llevaba. Se preparó para llegar…
Atravesó el último piso a una velocidad increíble, pidiendo, rogando al cielo que no doliera tanto, que no fuera real el suelo que se le venía encima…
El golpe lo aturdió, sintió como su cuerpo viejo se desarmaba en un millón de partes con infinito dolor. Supo que estaba sobre su sangre que se mezclaba con la tela de la cortina tiñéndola de un color rojo oscuro. Se dejó tragar por la negrura que avanzaba. Colocado como un muñeco de tela. Abandonado sobre la calle.
Sintió que sus pies sin dedos se posaban sobre su tierra nueva y el canto de las estrellas se hizo enorme, megalítico.
Sonrío, porque entendía lo que le decían. Comprendía su significado de bienvenida...
Sonrío tendido en la acera, reventado como un ave atropellada…
Feliz, dejo que el aire de su pecho inflara una burbuja rojiza sin reventarla…
Feliz, pleno de la luz púrpura, abrió los ojos…
viernes, 28 de diciembre de 2007
La lengua de barro. (o variaciones sobre el reproche I)
Pfff!
-Hola, ¿cómo está?
- Bien ¿y usted?
-Bien, extrañándolo. Que pasa, ¿no le gustan más mis mates?
-No es eso, no. Es que he estado entretenido con otras cosas.
-A claro. Entonces, ¿no me va a charlar nunca más? ¿Cómo viene la mano?
Levanto la vista de mi cuaderno. Todavía tengo el gusto, malsano para estos tiempos, de escribir a mano algunas cosas. Miro a Fulgencio que esta paradito de costado. Me mira de reojo, como si no se atreviera a enfrentarme.
-No se chiflado ¿quiere? ¿Cómo voy a dejar de charlarle? A ver, páseme un mate amargo por favor- y lo miro a los ojos mientras le estiro la mano.
Mi enano matero se cree que no capture el silbido de su suspiro de alivio. Una nueva, encima me tocó un enano reprochón.
-No me diga que me anduvo extrañando…
-No, no es eso. Bueno, un poco sí, me había acostumbrado a que nos viéramos más seguido. Y ahora que se me hace el trabajador… bueno, me tiene un poco abandonado.
-Vamos Fulgencio, no me reproche por eso- le doy la última chupada al mate- no hay nada más feo que un reproche.-
-Se equivoca.
-No sería la primera vez.
-Un reproche es un piropo que no se merece.
-No mereceré el piropo pero, como decía Groucho, he tenido neumonía y tampoco me la merecía.- Le paso el mate y lo miro reír. No se si he descrito la risa de Fulgencio. Verán, Fulgencio es de esos enanos que se ríen con todo el cuerpo. Cuando le vienen las carcajadas, se le achinada los ojos y la boca se le hace tan grande que parece que se tragara a la nariz. Se le mueve hasta el último pelito. Y son muchos pelos para mover.
Lo más lindo de su risa es que se va a pagando despacito como si un cigarrillo de vida (¡qué oxímoron!) le colgara de la comisura.
Le agrega yerba a la calabaza y me comenta
-Los reproches son formas enroscadas de decir te quiero o estuve pensando en vos. Es muy de nosotros decir alguna cosa fea, cuando en realidad queremos decir algo lindo.
¿Sabe por qué?
-No, cuente mientras preparo unas tostaditas con miel.
- Justamente, la miel tiene que ver.
La lengua de barro
Se comenta por ahí que Dios, cuando creó al primer hombre, lo dejó que se secara al sol al pie de un sauce. En ese tiempo no existía el problema de seguridad que tenemos ahora, así que Diosito se dio el lujo de irse bastante lejos, a crear otros animales, y dejar al Hombre solo.
Cuando ya estaba bastante seco, el Primero cobró vida. Como estaba de estreno, de aliento y de cuerpo, se puso a examinar la creación divina.
Miro sus piernas y las encontró suaves y cubiertas de pequeños pelitos (el hombre fue creado a semejanza de Dios, ergo Dios es peludo)
Miro sus manos y descubrió lo hábiles que eran. Miro su torso y se hipnotizó con el tum-tum de su corazón.
Todo le pareció de primer nivel, digno de una obra del Altísimo. Contento por la novedad de la vida, el Gran Padre se puso a explorar los alrededores del Sauce.
Llevaba así un buen rato cuando descubrió, en la segunda rama de la derecha, un panal de abejas.
El gruñido de su vientre, le comunicó que nunca había comido. La chispa de sabiduría divina que poseía le susurró que dentro de ese panal estaba el alimento tan deseado. Sin embargo, el conocimiento innato no le indicó nada de la peligrosidad de las abejas, por el sencillo hecho de que venía de Dios. Y el Altísimo no ve las cosas malas.
El Hombre, trepó hasta el panal y sin dudarlo lo abrió y comenzó a beber la miel que brillaba como con vida propia.
El problema fue que aún, como no le había dado el sol, la lengua no se había secado del todo y comenzó a fundirse con la miel que le caía encima. Para colmo de males, las abejas, furiosas, quisieron picar al intruso sin otro resultado más que el de quedar atrapadas también en la lengua de barro del hombre.
Cuando el Creador volvió a ver a su hijo, lo encontró llorando en el suelo. Y aunque trató de quitar la miel y las abejas de su lengua, era muy tarde. Ya se había secado la arcilla.
Es por eso que cada vez que alguien habla puede ser que probemos la dulzura de la miel, pero también puede pasar que alguna abeja, en su afán de escapar, llene de veneno las frases que pronuncia la lengua que la detiene…
-Así que ya sabe.
Otra vez me deja pensativo mi enano. Lo miro cebar mate en silencio, como si fuera un ritual pagano.
Termino de untar una tostada con miel y me la pongo en la boca. Entremezclado con el dulzor me parece sentir un zumbido.
-¡Carajo!- grito y tiro la tostada lejos. Debe haber sido una abeja, luchando por escapar...
-Hola, ¿cómo está?
- Bien ¿y usted?
-Bien, extrañándolo. Que pasa, ¿no le gustan más mis mates?
-No es eso, no. Es que he estado entretenido con otras cosas.
-A claro. Entonces, ¿no me va a charlar nunca más? ¿Cómo viene la mano?
Levanto la vista de mi cuaderno. Todavía tengo el gusto, malsano para estos tiempos, de escribir a mano algunas cosas. Miro a Fulgencio que esta paradito de costado. Me mira de reojo, como si no se atreviera a enfrentarme.
-No se chiflado ¿quiere? ¿Cómo voy a dejar de charlarle? A ver, páseme un mate amargo por favor- y lo miro a los ojos mientras le estiro la mano.
Mi enano matero se cree que no capture el silbido de su suspiro de alivio. Una nueva, encima me tocó un enano reprochón.
-No me diga que me anduvo extrañando…
-No, no es eso. Bueno, un poco sí, me había acostumbrado a que nos viéramos más seguido. Y ahora que se me hace el trabajador… bueno, me tiene un poco abandonado.
-Vamos Fulgencio, no me reproche por eso- le doy la última chupada al mate- no hay nada más feo que un reproche.-
-Se equivoca.
-No sería la primera vez.
-Un reproche es un piropo que no se merece.
-No mereceré el piropo pero, como decía Groucho, he tenido neumonía y tampoco me la merecía.- Le paso el mate y lo miro reír. No se si he descrito la risa de Fulgencio. Verán, Fulgencio es de esos enanos que se ríen con todo el cuerpo. Cuando le vienen las carcajadas, se le achinada los ojos y la boca se le hace tan grande que parece que se tragara a la nariz. Se le mueve hasta el último pelito. Y son muchos pelos para mover.
Lo más lindo de su risa es que se va a pagando despacito como si un cigarrillo de vida (¡qué oxímoron!) le colgara de la comisura.
Le agrega yerba a la calabaza y me comenta
-Los reproches son formas enroscadas de decir te quiero o estuve pensando en vos. Es muy de nosotros decir alguna cosa fea, cuando en realidad queremos decir algo lindo.
¿Sabe por qué?
-No, cuente mientras preparo unas tostaditas con miel.
- Justamente, la miel tiene que ver.
La lengua de barro
Se comenta por ahí que Dios, cuando creó al primer hombre, lo dejó que se secara al sol al pie de un sauce. En ese tiempo no existía el problema de seguridad que tenemos ahora, así que Diosito se dio el lujo de irse bastante lejos, a crear otros animales, y dejar al Hombre solo.
Cuando ya estaba bastante seco, el Primero cobró vida. Como estaba de estreno, de aliento y de cuerpo, se puso a examinar la creación divina.
Miro sus piernas y las encontró suaves y cubiertas de pequeños pelitos (el hombre fue creado a semejanza de Dios, ergo Dios es peludo)
Miro sus manos y descubrió lo hábiles que eran. Miro su torso y se hipnotizó con el tum-tum de su corazón.
Todo le pareció de primer nivel, digno de una obra del Altísimo. Contento por la novedad de la vida, el Gran Padre se puso a explorar los alrededores del Sauce.
Llevaba así un buen rato cuando descubrió, en la segunda rama de la derecha, un panal de abejas.
El gruñido de su vientre, le comunicó que nunca había comido. La chispa de sabiduría divina que poseía le susurró que dentro de ese panal estaba el alimento tan deseado. Sin embargo, el conocimiento innato no le indicó nada de la peligrosidad de las abejas, por el sencillo hecho de que venía de Dios. Y el Altísimo no ve las cosas malas.
El Hombre, trepó hasta el panal y sin dudarlo lo abrió y comenzó a beber la miel que brillaba como con vida propia.
El problema fue que aún, como no le había dado el sol, la lengua no se había secado del todo y comenzó a fundirse con la miel que le caía encima. Para colmo de males, las abejas, furiosas, quisieron picar al intruso sin otro resultado más que el de quedar atrapadas también en la lengua de barro del hombre.
Cuando el Creador volvió a ver a su hijo, lo encontró llorando en el suelo. Y aunque trató de quitar la miel y las abejas de su lengua, era muy tarde. Ya se había secado la arcilla.
Es por eso que cada vez que alguien habla puede ser que probemos la dulzura de la miel, pero también puede pasar que alguna abeja, en su afán de escapar, llene de veneno las frases que pronuncia la lengua que la detiene…
-Así que ya sabe.
Otra vez me deja pensativo mi enano. Lo miro cebar mate en silencio, como si fuera un ritual pagano.
Termino de untar una tostada con miel y me la pongo en la boca. Entremezclado con el dulzor me parece sentir un zumbido.
-¡Carajo!- grito y tiro la tostada lejos. Debe haber sido una abeja, luchando por escapar...
jueves, 6 de diciembre de 2007
Happy birthday to me.... zoquetes!
La verdad con el tiempo llegué a conocerte pero, extrañamente, no a odiarte. Sabrás sin embargo que desprecio mucho tus flaquezas. Son para mí las peores del mundo. Aparte de ese aire soberbio que tenés, me di cuenta sí, me molesta mucho tu falta de autodominio. Se te nota en la cara cuando algo no te gusta, esto no es bueno.
A pesar de eso, mejor dicho por eso mismo, es que aprendí a perdonarte.
Te conozco, demasiado bien. Se el porqué de tu miedo a festejar tu cumpleaños. Yo también recuerdo cuando te dejaron solo con todo preparado.
Lloré con vos ese día ¿Te acordás?
Has envejecido. Tenés canas. Muchas. Se te desparraman por toda la cabeza.
Estás más chueco.
Por más que lo intentes, no podes ocultar esa panza. Se te cae, se asoma como una corbata por debajo del chaleco. Ya ni siquiera podes decir que es cervecera. Ahí hay de todo menos cerveza. Se te vio últimamente consumiendo güisqui. Una vergüenza.
No quiero ni tocar el tema de tus amores. Cosas sin terminar, cosas que empiezan y se cercenan (vaya a saber uno por qué), romanticismo barato, inseguridad, etc., etc.
Encima te las das de poeta. Te crees que porque tenés este mísero blog y algunos cuentos publicados de favor, sabes escribir.
Pero, como te dije al principio, aprendí a perdonarte. Porque sos humano, igual que yo.
Y aunque me gustaría que fueses mucho mejor, que fuéramos mucho mejores, creo que no nos arrepentimos de nada.
O quizás nos molesta el hecho de no poder cortar con las cosas que nos hacen mal y ser todo eso que podríamos ser ¿no?
En fin, Chicho. Yo Matías te saludo. Me alegro de que sigamos juntos y de que no nos hayamos vuelto ni tan malos ni tan buenos.
Feliz cumple para vos y para mí.
saludetes
A pesar de eso, mejor dicho por eso mismo, es que aprendí a perdonarte.
Te conozco, demasiado bien. Se el porqué de tu miedo a festejar tu cumpleaños. Yo también recuerdo cuando te dejaron solo con todo preparado.
Lloré con vos ese día ¿Te acordás?
Has envejecido. Tenés canas. Muchas. Se te desparraman por toda la cabeza.
Estás más chueco.
Por más que lo intentes, no podes ocultar esa panza. Se te cae, se asoma como una corbata por debajo del chaleco. Ya ni siquiera podes decir que es cervecera. Ahí hay de todo menos cerveza. Se te vio últimamente consumiendo güisqui. Una vergüenza.
No quiero ni tocar el tema de tus amores. Cosas sin terminar, cosas que empiezan y se cercenan (vaya a saber uno por qué), romanticismo barato, inseguridad, etc., etc.
Encima te las das de poeta. Te crees que porque tenés este mísero blog y algunos cuentos publicados de favor, sabes escribir.
Pero, como te dije al principio, aprendí a perdonarte. Porque sos humano, igual que yo.
Y aunque me gustaría que fueses mucho mejor, que fuéramos mucho mejores, creo que no nos arrepentimos de nada.
O quizás nos molesta el hecho de no poder cortar con las cosas que nos hacen mal y ser todo eso que podríamos ser ¿no?
En fin, Chicho. Yo Matías te saludo. Me alegro de que sigamos juntos y de que no nos hayamos vuelto ni tan malos ni tan buenos.
Feliz cumple para vos y para mí.
saludetes
miércoles, 14 de noviembre de 2007
El siamés
Nacieron así, unidos por algo más que el vínculo de sangre. Era un vínculo de carne.
Nacieron y crecieron de esa manera. Mirándose uno al otro, brotando uno del otro como una rosa malsana.
Su primera acción en este mundo fue la de matar a su madre. De su padre poco supieron (o poco les quisieron contar).
Crecieron. De la misma manera en que la maldad crece en el mundo: a la vista de todos pero prácticamente invisibles.
Cuando la ciencia alcanzó el nivel necesario como para intentar una separación, ya eran muy viejos y estaban muy acostumbrados el uno al otro como para dejarse. Se habían endurecido con las miradas ajenas. Es difícil, cuando la gente cree que sos un monstruo, no convencerte de que realmente lo sos. Habían aprendido a vislumbrar la humanidad en los ojos del otro y a reflejar la monstruosidad en los propios.
Nunca conocieron más amor que el de una moneda mendigada o el de un pedazo de pan robado. Compartían con los perrosplacer de la calle.
Dormían en el callejón, a la sombra de la gente y del sol. La ropa harapienta no era problema para ellos. La gente, que quedaba impresionada con su deformidad, ni siquiera sentía el hedor de sus harapos.
Habían construido con algunos cartones una especie de casilla, la que abandonaban sólo para mendigar o vagabundear.
Esa mañana, el morocho despertó para descubrir que su hermano había muerto en la noche. Lo sintió frío en su abrazo. Le pareció muy raro no sentir el tic tac del corazón de su hermano, el leiv motif de su sonata compartida.
Sobre el olor de la ropa sucia, presintió el olor de los excrementos y el orín que su hermano había dejado como un saludo al mundo.
Polvo al polvo y mierda para la mierda.
Se descubrió hablándole a su hermano, tratando de hacerlo reaccionar. El hecho de estar solo en la casilla, que repentinamente se había agrandado, lo había asustado. No podía tolerar esa soledad. Enfrentar la mañana, la conciencia de su miseria, su monstruosidad, sin su hermano era demasiado desamparante, demasiado doloroso.
Comenzó a golpearlo, primero creyendo que trataba de despertarlo, luego castigándolo por haber hecho la única cosa que podía hacer individualmente. "Traidor" le espetó. "Traidor, miserable hijo de puta." Le escupió la cara, pero era como escupirse a sí mismo.
Los rayos del sol que subían, lo iban desesperando. No podía enfrentar el día, no podía enfrentar su vida solo.
En la penuria del amanecer supo que tampoco tenía el valor para quitarse la vida.
"No te voy a dejar hijo de puta. No voy a dejar que te escapes tan fácil" le dijo a su occiso personal. "Dónde yo vaya, siempre vas a venir conmigo ¡Te voy a cagar hijo de puta por hacerme esto! ¡ Te voy a cagar!"
La furia le dio la solución en un segundo. Ya sabía como hacer para no separarse de su hermano sin morir. Tomó el cuchillito que guardaba junto a la ollita y, maldiciendo el rigor mortis, comenzó a cortar.
"Te voy a cagar hijo de puta...... después de que te digiera" le gritó mientras masticaba.
El sol estaba alto, pero el siamés estaba muy ocupado como para sentirse solo.
COMENTEN O LA MADICIÓN DE CHEWBACCA LES CAERÁ ENCIMA
Sigue el mes del terror durante todo noviembre (bueno, en realidad hasta que me de el cuero)
Nacieron y crecieron de esa manera. Mirándose uno al otro, brotando uno del otro como una rosa malsana.
Su primera acción en este mundo fue la de matar a su madre. De su padre poco supieron (o poco les quisieron contar).
Crecieron. De la misma manera en que la maldad crece en el mundo: a la vista de todos pero prácticamente invisibles.
Cuando la ciencia alcanzó el nivel necesario como para intentar una separación, ya eran muy viejos y estaban muy acostumbrados el uno al otro como para dejarse. Se habían endurecido con las miradas ajenas. Es difícil, cuando la gente cree que sos un monstruo, no convencerte de que realmente lo sos. Habían aprendido a vislumbrar la humanidad en los ojos del otro y a reflejar la monstruosidad en los propios.
Nunca conocieron más amor que el de una moneda mendigada o el de un pedazo de pan robado. Compartían con los perrosplacer de la calle.
Dormían en el callejón, a la sombra de la gente y del sol. La ropa harapienta no era problema para ellos. La gente, que quedaba impresionada con su deformidad, ni siquiera sentía el hedor de sus harapos.
Habían construido con algunos cartones una especie de casilla, la que abandonaban sólo para mendigar o vagabundear.
Esa mañana, el morocho despertó para descubrir que su hermano había muerto en la noche. Lo sintió frío en su abrazo. Le pareció muy raro no sentir el tic tac del corazón de su hermano, el leiv motif de su sonata compartida.
Sobre el olor de la ropa sucia, presintió el olor de los excrementos y el orín que su hermano había dejado como un saludo al mundo.
Polvo al polvo y mierda para la mierda.
Se descubrió hablándole a su hermano, tratando de hacerlo reaccionar. El hecho de estar solo en la casilla, que repentinamente se había agrandado, lo había asustado. No podía tolerar esa soledad. Enfrentar la mañana, la conciencia de su miseria, su monstruosidad, sin su hermano era demasiado desamparante, demasiado doloroso.
Comenzó a golpearlo, primero creyendo que trataba de despertarlo, luego castigándolo por haber hecho la única cosa que podía hacer individualmente. "Traidor" le espetó. "Traidor, miserable hijo de puta." Le escupió la cara, pero era como escupirse a sí mismo.
Los rayos del sol que subían, lo iban desesperando. No podía enfrentar el día, no podía enfrentar su vida solo.
En la penuria del amanecer supo que tampoco tenía el valor para quitarse la vida.
"No te voy a dejar hijo de puta. No voy a dejar que te escapes tan fácil" le dijo a su occiso personal. "Dónde yo vaya, siempre vas a venir conmigo ¡Te voy a cagar hijo de puta por hacerme esto! ¡ Te voy a cagar!"
La furia le dio la solución en un segundo. Ya sabía como hacer para no separarse de su hermano sin morir. Tomó el cuchillito que guardaba junto a la ollita y, maldiciendo el rigor mortis, comenzó a cortar.
"Te voy a cagar hijo de puta...... después de que te digiera" le gritó mientras masticaba.
El sol estaba alto, pero el siamés estaba muy ocupado como para sentirse solo.
COMENTEN O LA MADICIÓN DE CHEWBACCA LES CAERÁ ENCIMA
Sigue el mes del terror durante todo noviembre (bueno, en realidad hasta que me de el cuero)
domingo, 11 de noviembre de 2007
Empieza noviembre el mes del terror (a los pañales baratos!)
La muerte es parte de la vida. Solamente que la mayoría prefiere imaginarse que la muerte se suspende por mal tiempo.
Quedamos mal de la última historia y como el amigo Chtulu verifica (y auspicia el mes del terror en el Emporio) se vienen los mates con sudor frío.
Serán si dudas mates amargos, de dudosa calidad ¿Cómo es la muerte en su país Fulgencio?
-Verá, la muerte en mi pequeño rincón, suele ser tomada desde un punto de vista nada convencional, por decirlo de alguna manera. Nosotros, los enanos materos, creemos en el amor como orden universal del mundo. Hasta el pecado puede explicado desde este punto de vista-.
-No me diga que también se torturan con el concepto del "pecado" -.
-Sí, en eso nos parecemos bastante. Pero como le decía, hasta el pecado puede ser visto desde el punto de vista del amor. Imagínese que la codicia, nos es otra cosa que el amor excesivo a los bienes materiales. Y que la envidia es más o menos lo mismo, pero con los bienes de los demás. En el fondo de los pecados existe siempre un profundo y exacerbado amor por uno mismo-.
Fulgencio ceba y un mate y me convida un pedazo de torta con chicharrón (la ambrosia cuyana).
-Amamos la vida, pero creemos que la muerte es parte de ella. Entonces la amamos también. No es raro encontrar entre nuestros cuenteros o cantadores, poemas y cuentos de amor a la muerte. Déjeme que le cuente o cante algunos.
A mis gusanos.
Ustedes, hijos míos que nunca parí.
Ustedes, carne de mi carne en el sentido total.
Ustedes, que saben realmente cómo soy.
Ustedes que son los que juzgan el sabor de mi Fe.
¿Qué amor tan inefable, qué gigantesca razón de ser,
qué oda del destino final, decidió negarme los hijos, pero regalarme gusanos?
Porque, cuando hayan terminado de taladrar mi carne,
y mi osamenta sea un reflejo opalescente, asomando entre la tierra,
y las lenguas hayan olvidado como se modula mi nombre,
ustedes, mis amados, pulularán por el valle,
y llevarán el recuerdo de mi carne,
en su retorcida personalidad.
¡Oh gusanos míos, hacedores de mi inmortalidad!
El verdugo
Cuentan que en el Valle, existió en un tiempo un verdugo manco. Nunca nadie supo como había perdido el brazo (no es aconsejable hablar con los verdugos). Sin embargo, a pesar de su impedimento, se complacía en realizar su tarea con envidiable eficiencia. Y decimos "se complacía" porque nunca existió otro verdugo más orgulloso de su trabajo.
Sucedió sin embargo un día, que se vio afectado por una extraña enfermedad que lo dejó postrado y debilitado en muy poco tiempo. La fuerza de su poderoso brazo, otrora amenazante y vigoroso, había desaparecido, dejándolo apenas capaz de sostener su hacha.
Durante los días que duró su enfermedad, el Verdugo supuso que la energía volvería a él una vez repuesto. Sin embargo descubrió al curarse que seguía careciendo de la fuerza necesaria para poder realizar su trabajo.
A pesar de este terrible conocimiento, no se negó a volver a trabajar y se lo vio llevando su hacha a la rastra, el día señalado.
Al subir al patíbulo, perfectamente ataviado con la negrura de su profesión, se dirigió a la víctima que lo esperaba como una ofrenda sobre un tronco. El blanco cuello y la delicadeza de la piel le demostraron que se trataba de una mujer de la alta sociedad, sin duda encontrada adúltera y enjuiciada. El cabello muy rojo, se derramaba sobre el tronco, de manera tal que no se podía observar el rostro de la mujer.
El viento mecía las puntas de ese cabello escarlata y lo enredaba como previendo que pronto estaría cubierto de la sangre, igualmente escarlata.
Le llamó la atención no sentir ningún sollozo proveniente de la mujer. Creyó oír una especie de rezo, muy monótono en su ritmo como de tambor.
La lectura de la sentencia lo sacó de este ritmo hipnótico. Lo sorprendió saber que se trataba de una bruja, no de una adúltera como creía. Debido a su alta alcurnia se la había condenado a morir decapitada y no en la hoguera. Esto le hubiera resultado mucho más confortable al verdugo, pero aún así no se inmutó y emprendió la tarea.
Tomó su hacha y golpeó el cuello con la mayor fuerza de la que fue capaz. Aunque fue un buen golpe sin duda, no alcanzó a cercenar la cabeza que empezó a sacudirse, entre los borbotones de sangre que iban brotando de las seccionadas venas.
Indignado, el verdugo descargo cuatro hachazos más. Rápidos, coléricos, pero infructuosos.
La cabeza todavía estaba unida al tronco por varios hilos de carne y algunos tendones; y a juzgar por la forma en que movían las piernas de la desafortunada mujer, aún no había logrado acabar con la vida de la condenada.
Cansado, lanzó su hacha al suelo y ante la mirada atónita del pueblo presente, tomó con su mano la cabeza y le dio un fuerte tirón, que terminó de desprenderla. Consumó así, la labor que se le había encomendado. Los mechones escarlatas se le escurrían entre los dedos y parecían ser la fuente de la sangre que lo empapaba.
Se retiró satisfecho del patíbulo sabiendo que su reputación como verdugo estaba a salvo.
Los sepultureros se encargaron del cuerpo y la cabeza, que fueron arrojados a la hoguera. Ninguna bruja puede descansar en terreno sagrado. Sin duda sus cenizas serían esparcidas en la tierra o, mejor aún, arrojadas al río. Como si de esta manera se pudiera borrar por completo el recuerdo de la bruja.
Los ciudadanos estaban horrorizados con la brutalidad del Verdugo. Se lo demostraba el silencio con el que lo miraban. Sabía en su fuero que el desprecio y el miedo que le tenían habían aumentado, pero poco le importó. El ser un Verdugo no era una labor como para hacer amigos.
No se quedó a ver como se dispersaban las cenizas, sino que se dirigió hacia su casa, alejada del pueblo.
Al cruzar la cerca que delimitaba su terreno, el verdugo decidió ir a lavarse al río que pasaba, perezoso, frente a su patio. Siempre acostumbraba limpiarse en el cauce después de una ejecución. Le gustaba ver como la sangre se le iba diluyendo de su brazo y se mezclaba con el agua. Le hacía pensar que el agua lavaba también la atrocidad de lo que hacía, que lo purgaba de culpas. Después de todo, Dios no podía culparlo por realizar su trabajo.
Llego hasta el río y se subió a una improvisada represa que se alzaba en el medio del cauce. Le había llevado tiempo construirla, durante los meses de verano y la había armado colocando piedra sobre piedra, con infinita paciencia. Llevaba en su brazo el hacha justiciera que también debería ser lavada. Desde lo alto de la represa que se elevaba unos 50 cm. sobre el nivel del río, el agua se veía oscura debido sin duda a los 2 metros de profundidad que tenía en esa parte.
El verdugo se acercó al agua teniendo cuidado en no dejar caer el hacha hacia el fondo. No deseaba tener que sumergirse en el agua helada.
Se dejó hipnotizar de nuevo por los hilillos de sangre que se formaban y diluían en el seno del río.
Sonrió placenteramente cuando notó que su gran mano estaba ya limpia de la sangre de la mujer.
Notó algo raro. Si bien notaba sus dedos limpios, aún se veía el hilillo de sangre brotar de su mano, como si siguiera sucia. Sorprendido, trató de levantar su única mano para observarla más de cerca, convencido de que se había lastimado al realizar su trabajo. Concordaba con su sospecha el dolor tenue que empezó a quemarle los dedos.
Se llevó los dedos cerca de la cara para examinarse con detenimiento y confundido, casi aterrado, notó que le faltaban 2 falanges del dedo del medio y la mitad de las falanges del dedo corazón y anular. No parecían cortadas, como hubiera sido si hubiera tenido un accidente con el hacha, sin que más bien parecían disueltas. Como si la hubiera metido en un corrosivo ácido, la mano le quemaba y la herida tenía los bordes difusos. El dolor empezaba a extenderse por su mano y la sangre, su sangre, goteaba y se divertía haciendo cabriolas en el agua del río. Asustado, el Verdugo trató de incorporarse y se apoyó en la roca para ayudarse. Cuando comenzaba a hacer fuerza para levantarse sintió en su muñeca la firme presión de cinco dedos, que le aprisionaban, con una infinita fuerza y lo tiraban hacia abajo. Desesperado trató de luchar con esa mano, blanca, que inexorablemente le iba hundiendo en el río.
El dolor se intensificó cuando volvió a tocar el agua. El verdugo, paralizado por el terror, sintió como se iba disolviendo como si fuera un castillo de arena, arrastrado dentro del cauce por esa mano que reflejaba la luz de un modo macabro. Trató de realizar un último esfuerzo, luchando con sus piernas contra la inefable fuerza de su opresor, pero fue inútil.
Al caer al agua, lo sorprendió encontrarla tibia.
Un gruñido se le escapo al notar que se iba desarmando, diluyendo, disolviendo; mientras era arrastrado hacia la oscuridad del fondo por la brillante mano blanca.
Su rostro pareció sonreír cuando sus labios se desarmaron, dejando ver como las burbujas escapaban de su boca.
En la superficie, entre la espuma, el río se llevaba los hilos de sangre que salían del Verdugo. Vistos desde la orilla, parecían cabellos escarlatas que flotaban y formaban una cabellera, como si alguien hubiera arrojado una cabeza cortada al río.
Noviembre es el mes del terror. Preparensen!!!!
Quedamos mal de la última historia y como el amigo Chtulu verifica (y auspicia el mes del terror en el Emporio) se vienen los mates con sudor frío.
Serán si dudas mates amargos, de dudosa calidad ¿Cómo es la muerte en su país Fulgencio?
-Verá, la muerte en mi pequeño rincón, suele ser tomada desde un punto de vista nada convencional, por decirlo de alguna manera. Nosotros, los enanos materos, creemos en el amor como orden universal del mundo. Hasta el pecado puede explicado desde este punto de vista-.
-No me diga que también se torturan con el concepto del "pecado" -.
-Sí, en eso nos parecemos bastante. Pero como le decía, hasta el pecado puede ser visto desde el punto de vista del amor. Imagínese que la codicia, nos es otra cosa que el amor excesivo a los bienes materiales. Y que la envidia es más o menos lo mismo, pero con los bienes de los demás. En el fondo de los pecados existe siempre un profundo y exacerbado amor por uno mismo-.
Fulgencio ceba y un mate y me convida un pedazo de torta con chicharrón (la ambrosia cuyana).
-Amamos la vida, pero creemos que la muerte es parte de ella. Entonces la amamos también. No es raro encontrar entre nuestros cuenteros o cantadores, poemas y cuentos de amor a la muerte. Déjeme que le cuente o cante algunos.
A mis gusanos.
Ustedes, hijos míos que nunca parí.
Ustedes, carne de mi carne en el sentido total.
Ustedes, que saben realmente cómo soy.
Ustedes que son los que juzgan el sabor de mi Fe.
¿Qué amor tan inefable, qué gigantesca razón de ser,
qué oda del destino final, decidió negarme los hijos, pero regalarme gusanos?
Porque, cuando hayan terminado de taladrar mi carne,
y mi osamenta sea un reflejo opalescente, asomando entre la tierra,
y las lenguas hayan olvidado como se modula mi nombre,
ustedes, mis amados, pulularán por el valle,
y llevarán el recuerdo de mi carne,
en su retorcida personalidad.
¡Oh gusanos míos, hacedores de mi inmortalidad!
El verdugo
Cuentan que en el Valle, existió en un tiempo un verdugo manco. Nunca nadie supo como había perdido el brazo (no es aconsejable hablar con los verdugos). Sin embargo, a pesar de su impedimento, se complacía en realizar su tarea con envidiable eficiencia. Y decimos "se complacía" porque nunca existió otro verdugo más orgulloso de su trabajo.
Sucedió sin embargo un día, que se vio afectado por una extraña enfermedad que lo dejó postrado y debilitado en muy poco tiempo. La fuerza de su poderoso brazo, otrora amenazante y vigoroso, había desaparecido, dejándolo apenas capaz de sostener su hacha.
Durante los días que duró su enfermedad, el Verdugo supuso que la energía volvería a él una vez repuesto. Sin embargo descubrió al curarse que seguía careciendo de la fuerza necesaria para poder realizar su trabajo.
A pesar de este terrible conocimiento, no se negó a volver a trabajar y se lo vio llevando su hacha a la rastra, el día señalado.
Al subir al patíbulo, perfectamente ataviado con la negrura de su profesión, se dirigió a la víctima que lo esperaba como una ofrenda sobre un tronco. El blanco cuello y la delicadeza de la piel le demostraron que se trataba de una mujer de la alta sociedad, sin duda encontrada adúltera y enjuiciada. El cabello muy rojo, se derramaba sobre el tronco, de manera tal que no se podía observar el rostro de la mujer.
El viento mecía las puntas de ese cabello escarlata y lo enredaba como previendo que pronto estaría cubierto de la sangre, igualmente escarlata.
Le llamó la atención no sentir ningún sollozo proveniente de la mujer. Creyó oír una especie de rezo, muy monótono en su ritmo como de tambor.
La lectura de la sentencia lo sacó de este ritmo hipnótico. Lo sorprendió saber que se trataba de una bruja, no de una adúltera como creía. Debido a su alta alcurnia se la había condenado a morir decapitada y no en la hoguera. Esto le hubiera resultado mucho más confortable al verdugo, pero aún así no se inmutó y emprendió la tarea.
Tomó su hacha y golpeó el cuello con la mayor fuerza de la que fue capaz. Aunque fue un buen golpe sin duda, no alcanzó a cercenar la cabeza que empezó a sacudirse, entre los borbotones de sangre que iban brotando de las seccionadas venas.
Indignado, el verdugo descargo cuatro hachazos más. Rápidos, coléricos, pero infructuosos.
La cabeza todavía estaba unida al tronco por varios hilos de carne y algunos tendones; y a juzgar por la forma en que movían las piernas de la desafortunada mujer, aún no había logrado acabar con la vida de la condenada.
Cansado, lanzó su hacha al suelo y ante la mirada atónita del pueblo presente, tomó con su mano la cabeza y le dio un fuerte tirón, que terminó de desprenderla. Consumó así, la labor que se le había encomendado. Los mechones escarlatas se le escurrían entre los dedos y parecían ser la fuente de la sangre que lo empapaba.
Se retiró satisfecho del patíbulo sabiendo que su reputación como verdugo estaba a salvo.
Los sepultureros se encargaron del cuerpo y la cabeza, que fueron arrojados a la hoguera. Ninguna bruja puede descansar en terreno sagrado. Sin duda sus cenizas serían esparcidas en la tierra o, mejor aún, arrojadas al río. Como si de esta manera se pudiera borrar por completo el recuerdo de la bruja.
Los ciudadanos estaban horrorizados con la brutalidad del Verdugo. Se lo demostraba el silencio con el que lo miraban. Sabía en su fuero que el desprecio y el miedo que le tenían habían aumentado, pero poco le importó. El ser un Verdugo no era una labor como para hacer amigos.
No se quedó a ver como se dispersaban las cenizas, sino que se dirigió hacia su casa, alejada del pueblo.
Al cruzar la cerca que delimitaba su terreno, el verdugo decidió ir a lavarse al río que pasaba, perezoso, frente a su patio. Siempre acostumbraba limpiarse en el cauce después de una ejecución. Le gustaba ver como la sangre se le iba diluyendo de su brazo y se mezclaba con el agua. Le hacía pensar que el agua lavaba también la atrocidad de lo que hacía, que lo purgaba de culpas. Después de todo, Dios no podía culparlo por realizar su trabajo.
Llego hasta el río y se subió a una improvisada represa que se alzaba en el medio del cauce. Le había llevado tiempo construirla, durante los meses de verano y la había armado colocando piedra sobre piedra, con infinita paciencia. Llevaba en su brazo el hacha justiciera que también debería ser lavada. Desde lo alto de la represa que se elevaba unos 50 cm. sobre el nivel del río, el agua se veía oscura debido sin duda a los 2 metros de profundidad que tenía en esa parte.
El verdugo se acercó al agua teniendo cuidado en no dejar caer el hacha hacia el fondo. No deseaba tener que sumergirse en el agua helada.
Se dejó hipnotizar de nuevo por los hilillos de sangre que se formaban y diluían en el seno del río.
Sonrió placenteramente cuando notó que su gran mano estaba ya limpia de la sangre de la mujer.
Notó algo raro. Si bien notaba sus dedos limpios, aún se veía el hilillo de sangre brotar de su mano, como si siguiera sucia. Sorprendido, trató de levantar su única mano para observarla más de cerca, convencido de que se había lastimado al realizar su trabajo. Concordaba con su sospecha el dolor tenue que empezó a quemarle los dedos.
Se llevó los dedos cerca de la cara para examinarse con detenimiento y confundido, casi aterrado, notó que le faltaban 2 falanges del dedo del medio y la mitad de las falanges del dedo corazón y anular. No parecían cortadas, como hubiera sido si hubiera tenido un accidente con el hacha, sin que más bien parecían disueltas. Como si la hubiera metido en un corrosivo ácido, la mano le quemaba y la herida tenía los bordes difusos. El dolor empezaba a extenderse por su mano y la sangre, su sangre, goteaba y se divertía haciendo cabriolas en el agua del río. Asustado, el Verdugo trató de incorporarse y se apoyó en la roca para ayudarse. Cuando comenzaba a hacer fuerza para levantarse sintió en su muñeca la firme presión de cinco dedos, que le aprisionaban, con una infinita fuerza y lo tiraban hacia abajo. Desesperado trató de luchar con esa mano, blanca, que inexorablemente le iba hundiendo en el río.
El dolor se intensificó cuando volvió a tocar el agua. El verdugo, paralizado por el terror, sintió como se iba disolviendo como si fuera un castillo de arena, arrastrado dentro del cauce por esa mano que reflejaba la luz de un modo macabro. Trató de realizar un último esfuerzo, luchando con sus piernas contra la inefable fuerza de su opresor, pero fue inútil.
Al caer al agua, lo sorprendió encontrarla tibia.
Un gruñido se le escapo al notar que se iba desarmando, diluyendo, disolviendo; mientras era arrastrado hacia la oscuridad del fondo por la brillante mano blanca.
Su rostro pareció sonreír cuando sus labios se desarmaron, dejando ver como las burbujas escapaban de su boca.
En la superficie, entre la espuma, el río se llevaba los hilos de sangre que salían del Verdugo. Vistos desde la orilla, parecían cabellos escarlatas que flotaban y formaban una cabellera, como si alguien hubiera arrojado una cabeza cortada al río.
Noviembre es el mes del terror. Preparensen!!!!
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