martes, 16 de septiembre de 2008

Laberintos e incógnitas

Viejo pero no por ello menos viejo (?).

Estoy escribiendo algo largo, apenas lo tenga muestro. Salutes.

Incógnitas.

Hay un árbol, que se dobla y golpea el agua con un hermoso tan- tan- tan.
Hay un pájaro, que mira, desde lo alto.
Hay un hombre que muere.

Se tropieza y cae, dejando tras de sí un agujero bordado de espuma plateada.
Tiembla al ver el hacha aproximarse. 
Deja que su mirada rebote, tome altura y vuelva a caer.

Trata de que no se note su miedo. Se convence de ser valiente. Pero el sudor le recorre el alma.
Encuentra un árbol. Lo visualiza y se lo imagina, colmado de gozo.
Mira hacia arriba, entre las olas y las piedras. Sonríe.

Comienza a ahogarse, a inhalar el agua fría.
Se paraliza al sentir el hacha sobre sus pies. Llora impotente.
Sus garras tocan una rama y se sacuden. Alguien esta hachando.

Se rompe, se dobla y se desangra. Se tambalea y con un crujido cae al agua.
Se sorprende ante el desmayo de su árbol. Se eleva con una media sonrisa entre plumas.
Esta tocando fondo. Abre la boca para gritar y el agua fría le corta la voz.

Se cree a salvo en su vuelo cuando descubre que el ímpetu del árbol se lo lleva al río.
Todo se vuelve silencio, incluso el bajar de las ramas y el hacha en el agua.
Su sangre se moja, verde. Esta preparado para morir.

En el fondo del río se encuentran, el hombre el pájaro y el árbol.
El viento sopla en la orilla.


lunes, 25 de agosto de 2008

Los Amantes

Nota: ¿Volverá Fulgencio? Todavía no lo sabemos. Parece que volvería en formato de fichas.

Mientras tanto más cuentitos. Salutti.

Los Amantes

La mujer ronroneaba entre las manos de su amante mientras su lengua recorría el pecho oscuro, hecho de caramelo quemado, que subía y bajaba ansioso. Se extendió sobre el cuerpo que se tensaba bajo su contacto y lo abrazó (y lo abrasó) con toda su piel.

Miró su ojo verde cegado por el placer y dijo en un murmullo: 
"Señor bendice este alimento que voy a recibir fruto de tu mano generosa…"

Se trataba de una mantis sumamente religiosa. 


miércoles, 30 de julio de 2008

Pequeño Pensamiento (o de como me hice adicto al microcuento)

Y dice:

Existe una lluvia que lava conciencias y renueva la visión. Hay otra que recarga los nudos del corazón y los endurece. Hoy salí y llovía. Y, mientras el cielo gris se deshacía, tomé la mano de Emma y le dije que la amaba. 
Aún no sé qué clase de lluvia caía.

Para PB

jueves, 24 de julio de 2008

Para leer en el velorio

Mientras enterramos mi dignidad, dejo un cuentito corto; casi una especulación.

Los Chusmas

-¿Están inquietos los muchachos hoy no?
-La verdad que sí ¡Mirá a Méndez! Ese loco nos va a complicar todo. Méndez ¿a dónde vas?
-Dejalo. Hace mucho que la familia no lo viene a ver... Mira como quedó Ludueña, tapado de barro ¡Otra vez jugando a que es Napoleón!
-No juega, se lo cree en serio. Peor está Martines. ¿Te enteraste de que sigue en la enfermería?
-No me enteré pero lo suponía. ¡Con el golpazo que se dio! ¿También a quién se le ocurre creer que es superman? Terrible, decí que no llegó a la terraza sino no cuenta el cuento.
-Sí la verdad. Encima creerse Superman esta muy trillado. Che, ¿viste a Norita hoy?
-No, ¿por qué?
-Por qué estaba otra vez hablando con ese duende que le dice que incendie cosas. Esta muy mal la piba. No sé qué va a Decir el Doctor Manuel cuando se entere.
-¿Qué te creés que va a decir? Nada como siempre, la verdad que le da mucha libertad a los pacientes del pabellón, sobre todo a Norita. Para mí que se traen algo juntos. A la noche tipo 12, cuando termina de gritar el gallego, la siento cuchichear con alguien.
-¡Cómo grita ese gallego por favor! No deja dormir a nadie. Lo odian en el pabellón. Encima se cree que es Rodrigo de Triana, se la pasa diciendo: ¡Tierra a la vista! Es un loco simpático ¿o no?
-Sí; ¡ja ja ja!
-Bueno viejo te voy dejando, ¿nos vemos después?
-Claro
- ¡Hasta luego Batman!
-¡Que le vaya bien Churchill!


martes, 15 de julio de 2008

Anuncio

Escribo un cartel rápido que voy a pegar en la pantalla del monitor. Fulgencio anota conmigo y calla: tiene miedo. Probablemente no habrá nada de futuro para él.

-Páseme el Cintex que pego el cartel- le digo.
-Bueno ¿No quiere rever la situación?- me dice.
-No.
-...

Tomo la hoja y coloco el cartel:


CERRADO POR DUELO INTELECTUAL

Anoche en la ciudad de Mendoza, alrededor de las 2 am, ha dejado de existir parte de la soberbia del autor (¿Autor?) de este blog.
Se comunica a sus deudos que, ante la imposibilidad de un funeral decente, se va a rematar lo que queda de ella. El lote consiste de:

- 1kg de ínfulas de escritor
- 200 gramos de inventiva
- 3 acentos no colocados
- el cadáver de una musa
- una campera de corderito color camel

Los interesados deberán comunicarse en el horario vespertino.



Fulgencio, mi enano matero, me pasa una mano por la espalda y me acompaña a la salida. Mientras caminamos, lo veo crecer de a poco. Termino mirando sus ojos como nunca lo hice. 

Salimos despacio y cerramos la puerta. Afuera llueve bastante. Hay un pantano de gente que se cruza. El fluir de la vereda tiene el desorden de una batalla.

Nos saludamos. Giro, porque no lo quiero ver irse. La multitud me traga.

domingo, 6 de julio de 2008

¿Y si Fulgencio tuviera razón?

-Hola Fulgencio
-Hola
- ¿A qué no sabe?
-No, no sé. Por su cara, esa cara con mezcla de alegría y melanconlía, estuvo hablando con su musa de nuevo.

Las palabras se me caen de los labios y el silencio se me acomoda ahí, justo en la mueca que forma mi boca. Hago un “pucherito” como dios manda.

-Sí, ¿se me nota tanto?
-Se le nota, se le nota.

Mi enano se ríe. Toma un mate y deja el diario. Lo miro, me mira. De fondo suena una banda inglesa que nunca es preámbulo de buenas cosas.

-¿De qué hablaron?- pregunta Fulgencio- ¿Me sacaron el cuero como siempre?
-No sea pavo. No le saco el cuero nunca. Estuvimos hablando de esas cosas que queremos hacer y que nunca confesamos. Hice hasta una lista. ¿Se la leo?
-Espere que pongo el agua.

Vuelve con la pava y despliego un papelito con las cosas que me gustarían hacer pero que nunca hice:

.Salir a caminar a las 3 de la mañana cuando todos duermen. Escapar casi. Abrigarme (inevitablemente tiene que hacer frío) y salir a pasear. Ver qué color tiene Mendoza de noche. Tomar por la calle San Martín hacia el centro, pasar por la plaza Godoy Cruz, mirar el zanjón. Caminar mirando hacia arriba, observar la parte de alta de los edificios que nunca veo: descubrir balcones y gárgolas ocultas. Cuando vaya llegando la mañana mirar a la montaña desde alguna plaza y tomar un café en algún lugar escondido.
Este deseo se presenta en una variante que implica un auto.

.Me gustaría orinar en un pelotero (¿se esperaban poesía?)

.Siempre quise enterrarme en la arena del mar. No con la arena húmeda que se pega en el cuerpo sino con la arenilla seca que siempre esta a la temperatura adecuada. Me gustaría sepultarme dejando la nariz afuera y absorber el calor. Y sentir el ruido del mar. En el verano, cuando voy a la playa, hay tanta gente siempre que ya no se escucha el ruido del mar: el colmo de los colmos.

.Me gustaría charlar con mi abuelo de nuevo. Sé que me quería pero me hace falta que me lo diga de nuevo. ¿Abuelo vos sabés quién es tu nieto? ¿Estás orgulloso de él? (claro que esta tarea no depende de mí. Necesitaría o morir o que resucitara mi abuelo (y no me interesa morirme abuelo así que ¡ha resucitar se ha dicho!))


-¿Qué le parece?-le digo a Fulgencio.
-Qué tendría que empezar a vivir la vida.

Lo miro con odio, tiro el mate y me voy.

Pero la idea me da vuelta en la cabeza. Esa que reza el título de este post al que nadie, o muy pocos, gracias muchachos, va a leer.
























Maldito Coldplay...

martes, 17 de junio de 2008

Del truco y del Diablo

-Hola Fulgencio.
-Hola ¿Cómo andamos hoy?
-Bastante mejor, gracias. ¿Cómo está usted? ¿Qué tiene en las manos?

Mi enano esta sentado en el sillón. A sus pies nuestra perra, Petunia, duerme plácidamente.
Mi enano tiene algo entre las manos. Algo que hace un ruido muy particular como los pasos de un ciempiés sobre un entarimado.

-Un mazo de cartas- me dice.- ¿Hacemos un truco?
-El truco mucho no me gusta. Me recuerda ciertos vicios locales que prefiero acallar.
-No se ponga así- me dice- El truco nunca le hizo daño a nadie. Déle hagamos un partidito.
-Es que es un juego en el cual me siento inseguro. Eso de que le estén mintiendo a uno, ocultándole la verdad, no me viene bien. Prefiero el chinchón.
-El chinchón es para las viejas.

Mi enano se levanta del sillón y reparte tres cartas de mi lado del escritorio.
Levanto mi suerte y miro: un cuatro de copas, el siete del mismo palo y un tres de oro. Al menos voy a tener algo para el envido. Soy mano así que recito:

No me mire con desprecio,
Si al arrancar me precipito,
No es por malo ni por maldito,
Que estas verdades le convido,
Bien fuerte le canto: Envido,
Sin vergüenza ni pruritos.


Fulgencio se ríe y mastica un verso:

No se haga el que no sabe,
No me diga que le miento,
Acaso mi “quiero” sea en el viento,
Como un bote sin sus remos,
33 puntos de los buenos,
Me tienen más que contento.

-Son buenas- digo y juego el 3 de oro. Juego como me dijo mi viejo. Con la primera siempre en casa. Fulgencio esconde su cara detrás de las cartas. Juega el 7 de oros y vuelve con el 6 que completa las 33 que cantó previamente.

-Truco a esa mierda- dice con un grito.
-¿A qué mierda le canta si todavía no juego nada?
-Se le nota en la cara que no tiene nada para la segunda mi amigo- me cancherea- Vamos, diga “no quiero” y le cebo unos mates.

La verdad que no quiero agarrar pero como no estamos jugando por dinero, me envalentono y largo:

-Quiero… pero retruco.

Fulgencio, que estaba por jugar su carta, se frena de golpe. Duda. Dudo. Me mira. Lo miro. Transpira. Transpiro.

-Sólo por esta vez, no quiero. ¿Se puede saber qué le quedaba?- me pregunta con cara de angelito.
-Le va a tener que pagar a una gitana para que le diga porque yo no le pienso contar.

No reímos. Fulgencio va a buscar el termo y el mate. Al volver me dice:

- ¿Le conté alguna vez de mi primo Rómulo?
- No, nunca. ¿Primo hermano?
- Más o menos. Que yo sepa Rómulo fue la única persona que le ganó un truco al Diablo, al mismísimo Mefistófeles.
-¡¿CÓMO?!
-Así como lo escucha. Espere que arme el mate y le cuento.
-¿Por qué alguien jugaría al truco con el Diablo? ¿Qué razón es lo suficientemente valedera?
-El amor de una mujer es razón más que suficiente, ¿no le parece?

Fulgencio llena la calabaza de los martes y comienza a contar. Me dejo llevar por sus palabras otra vez.

Al truco con Mefistófeles.

Por una mujer, nosotros los hombres, somos capaces de hacer cualquier cosa, incluso aquellas que no queremos hacer. Esta facilidad para poner en juego nuestra persona se ve favorecida aún más cuando la mujer en cuestión es de una belleza remarcable. Este era el caso de Paquita.
Francisca, como en realidad se llamaba, era famosa por su hermosura en Loma de Lata muchos antes de que alcanzara la pubertad. Y una vez que llegó a la tierna edad, los pretendientes comenzaron a asediarla de una manera atroz. Sus amigas preferían no invitarla a sus cumpleaños porque acaparaba la atención de grandes y chicos.

Su belleza crecía cada segundo y se volvía más brillante, más intensa. Se decía que don Atilio, su padre, había recibido ya las propuestas de casamiento de 2 de los 5 hijos del juez de paz, del comisario Enríquez, del Turco del almacén, entre decenas de otras propuestas más humildes.
Como suele pasar en estos casos, dentro de dichas propuestas de pretendientes mediocres estaba la del elegido de Paquita. Se trataba de Rómulo Barrado uno de los empleados del Banco Nación. Se habían conocido en misa de once y se habían enamorado mirándose de reojo. Solían verse a escondidas cuando ella lograba escapar del ojo celoso de su padre. Estaban planeando casarse a fin de año después de que le llegara a Rómulo un ascenso prometido. Los padres de la niña no creían que el muchacho fuera el indicado para su hija y se encargaban de presentarle nuevos candidatos, a los que Paquita rechazaba uno a uno.
Así, para exasperación de Don Atilio, la muchacha descartaba a los mejores partidos en beneficio de su adorado empleado de banco.
Una calurosa noche de verano, de madrugada, el padre de paquita se despertó agobiado por el sudor. Decidió ir a caminar para refrescarse mientras su mujer dormía lanzando ronquidos con envidiable convicción. Se puso sólo sus pantalones y partió.
Llevaba ya un tiempo caminando cuando salió a su encuentro una figura vestida elegantemente.
A continuación de su camisa blanca, con el cuello rígido de almidón y desprendida hasta el tercer botón, se podía ver un cinturón de cuero de yacaré que ajustaba a una cintura muy fina unas bombachas blancas de algodón. Los botines eran negros, como el fondo de un pozo, y reflejaban la luz de la luna. En el cuello llevaba anudado un pañuelo gris. De su boca colgaba un cigarro negro corto que le iluminaba el rostro impecablemente afeitado. Sus ojos tomaban el resplandor de la brasa y lo reproducían dándole un aura diabólica.
La figura que caminaba con una ligera renguera, probablemente debida a una herida vieja, se acercó a Don Atilio con calma.
El viejo lo saludó con una inclinación de cabeza y se apresuró a pasar junto a él para evitar tener que hablarle. El extraño, con una voz de bajo con un dejo metálico lo detuvo y lo saludó.

-¿Cómo está don Atilio?- le preguntó- ¿Nadie puede dormir en una noche como esta no?- Viendo que el viejo asentía precipitadamente prosiguió- Se preguntará de dónde lo conozco. Yo sé muchas cosas porque tengo oídos en todos lados. Discúlpeme lo mal educado- agregó contrariado- no me he presentado. Yo soy Mefistófeles, el príncipe de las tinieblas, y he venido a pedirle la mano de su hija.

El viejo abrió desmesuradamente sus ojos e intentó contestarle sólo para descubrir que las palabras se le atoraban en la tráquea.
-No hace falta que se asuste, futuro suegro- continuó el diablo- entre parientes no tenemos que temer. Hace rato que observo a Paquita desde las sombras y debo confesarle que me he enamorado de ella. Varios de los muchachos que están conmigo abajo, allá abajo- dijo señalando hacia el suelo con su dedo índice- me han aconsejado sentar cabeza de una vez para evitar andar por el mundo solo y triste. Así que me he decidido por su hija. Espero que no tenga ningún inconveniente. Claro que, ahora que vamos a ser suegro y yerno, no tendría ningún problema en hacerle algunos favores, de esos por lo que soy conocido. Eso sí, todo depende de su aprobación para el casorio…
No hizo falta que el diablo hiciera ninguna otra proposición. Atilio amaba a su hija pero se amaba mucho más a sí mismo. Esa misma noche se comprometió con Mefistófeles para organizar el casamiento.
El problema surgió a la mañana siguiente cuando le comunicó a Paquita que ya se había elegido a su futuro marido. La niña se rehusó con todas sus fuerzas a unirse al príncipe del Averno y siguió defendiendo su amor por Rómulo. Hastiada, se encerró en su cuarto a llorar por lo negro de su destino.
Mientras mojaba el edredón con sus ojos se le apareció al pie de la cama la figura del demonio. La niña, aterrada, le lanzó un florero pero Mefistófeles esquivó el objeto con una pirueta de baile mientras hablaba.
-Paquita de mi corazón. Niña de mi alma. ¿No te has dado cuenta del gran honor que te hago al ofrecerte mi apellido?- dijo el diablo mientras se agachaba para esquivar un zapato que volaba hacia su cabeza- ¿No sabes que te puedo regalar el mundo, ya que es todo mío, y puedo hacerte la mujer mas feliz del universo? ¿No deseas conocer lugares que nunca, nunca, ningún ser vivo vio? Yo estoy sincera y absolutamente enamorado de vos. De tus ojos preciosos, de tu voz de jilguero- decía el maligno mientras se aproximaba- de tus labios que brillan en la noche, de tu aliento fresco como el vientito del verano. Yo deseo que seas mi mujer, para honrarte siempre- y su mano se posaba en la de ella- siempre, siempre…
Francisca, que primero desconfiaba pero después vio que el diablo era sincero, aletargo el bombardeo seducida por las promesas del maligno. Sin embargo el recuerdo de Rómulo la asaltó y mientras el ser infernal trataba de besarla alcanzó a balbucear: -¿Y Rómulo? ¿Qué pasa con él? ¡Yo amo a Rómulo no a usted!- y con el revés de la mano le propinó un cachetazo tan fuerte que la casa retumbo con el chasquido.
-¡Qué esa persona venga inmediatamente y resolveremos esto como hombres!- dijo el diablo enfurecido, que era de todo menos un hombre.

Paquita bajó corriendo las escaleras y corrió al banco a buscar a Rómulo. Don Atilio no atinó a decir nada cuando la vio salir a los tropezones, sin un zapato y con el rostro desencajado por el miedo. Mientras tanto, en la habitación de la niña, se materializaba una mesa baja cubierta con un paño verde, una baraja de cartas grasientas y dos sillas. En una de ella se sentó Mefistófeles y mientras esperaba mezclaba el mazo con pericia.

En menos de media hora la hora la otra silla estaba ocupada por Rómulo, un Rómulo con el rostro lívido de pavor, que recibía sobre sus hombros las manos de paquita.
-Mire amigo- dijo el diablo- acá la señorita me informa que usted la pretende, igual que yo lo hago. Esto requiere que arreglemos el asunto de hombre a hombre, como se hace en estos tiempos. No se asuste, no le propongo un duelo. No me interesa ensuciarme las manos con su sangre. Si nos encontráramos en el “campo del honor” no existe ni la más remota posibilidad de que usted gane porque, como debe saber, yo soy inmortal. Sepa usted que yo soy Mefistófeles- y mientras escuchaba esto Rómulo palidecía aún más- el Príncipe del dolor. He decidido que esta disputa se resuelva mediante un juego de azar. Más específicamente mediante el juego de truco. De esta manera, si yo gano- y sus ojos se brillaron con furia infernal- me caso con Paquita. Si yo pierdo lo hace usted. Para no hacerle perder el tiempo a nadie, que sea todo decidido en una sola mano.

Rómulo se aclaró la garganta, pensativo y aterrorizado. Si bien una parte de su mente le decía que no era posible que el mismísimo diablo estuviera proponiéndole un juego de truco la mirada asesina que le lanzaban esos ojos brillantes le decía que todo esto era cierto.
El apretón en su hombro que recibió de paquita lo hizo aceptar casi sin pensar con un movimiento de cabeza.

-Muy bien- dijo el diablo- repartiré yo. Jugamos sin flor. El que gane esta mano se queda con la niña.

Las cartas se fueron cada una con su dueño en grupos de tres. El muchacho levantó sus naipes y vislumbró su suerte: un cuatro de copas, un seis del mismo palo y un 12 de oro.
Pensó que al menos podría ganar el envido y sin seguridad cantó:

-Envido.
-Quiero. 33.
-Son buenas- dijo el muchacho tartamudeando.
El diablo infló su pecho, sabedor de su victoria y cantó:

-Truco.

Rómulo tembló. Le latía la cabeza y el aire se iba espesando, llenándose de un terrible olor a azufre. La habitación comenzó a sacudirse y la luz se hizo roja. La temperatura subió como si las cartas se hubieran vuelto de fuego. En su garganta se juntaban dos palabras que luchaban por salir pero que se debatían entre dudas. La vista se le nubló y con el último aliento, desfalleciente, el joven dijo:

-No quiero.

La tensión se rompió. Mefistófeles arrojó sus cartas al mazo y dejó salir su personalidad maldita. La habitación se volvió una isla en un mar de lava, de azufre fundido y cenizas. La figura del infernal pretendiente creció y creció, se volvió una inconmensurable sombra negra que, con voz de caverna, se reía.
Sus garras avanzaron hacia Francisca que trataba de huir, pero lograron atrapar su talle y llevarla cada vez más cerca del maligno.
Entonces, entre el tremendo ruido de la tempestad infernal, se oyó la voz de Rómulo que decía:

-Quiero ver las 33, si es tan amable.

La diabólica parusía se cortó en seco. La sombra negra se achicó y se contrajo para volver a entrar en el cuerpo que había ocupado.
-¿Cómo que quiere ver las 33?- dijo el demonio sorprendido- ya las mostré, justo después de cantar el truco yo…
-Usted-continuó Rómulo- se fue al mazo sin mostrar sus cartas. Así que, si mis cálculos son correctos, los 3 puntos del envido son míos y son más que el punto suyo del truco no querido. Así que el que se casa con Paquita, soy yo.

El diablo, con un grito, comenzó a desparecer lentamente. Lo último en desvanecerse fueron sus ojos, abiertos como un 2 de oro…


Mis ojos están abiertos como los del diablo.
Fulgencio me mira. Le pregunto:
-Y después, ¿qué paso?
-Los muchachos se casaron y el demonio…-Fulgencio sonríe- el demonio aprendió a jugar a la taba…